Dormir o los viajes a mundos extraordinarios.

¡Cómo no me va a encantar dormir, si mi inconsciente suele llevarme a mundos extraordinarios!

Como a ese mundo en el que los libros eran ilegales y el sexo por placer estaba totalmente prohibido y tenías que tener una autorización del gobierno para tener una relación dentro del matrimonio al mes y eso que eras monitoreada para que no sintieras placer.

O esa en la cual la Tierra había sido invadida por extraterrestres fotónicos que se movilizaban por el suelo y que al contactar un cuerpo humano lo desintegraba, sólo que uno había logrado mutar en mi cuerpo y me convertí en uno de ellos.

Y ese en el que no podía recordar quien era yo antes de que me encerraran en un monasterio y al pasar allí el tiempo fui descubriéndome a mí misma como una odalisca de una especie de secta que usaba el erotismo para liberarse y al descubrirme desperté en pleno orgasmo.

De vez en cuando tengo pesadillas y en la mayoría de ellas puedo darme cuenta que las puedo modificar.
Mi inconsciente y yo solemos comunicarnos mediante sueños, incluso a veces hacemos tratos, como soñar que golpeo a alguien y al día siguiente estoy más tranquila y con menos ansias asesinas.

Pero el último trato que hicimos fue cuando murió mi Lobo, soñé con él y desperté en una crisis de llanto desesperado que me duró todo el día, quedamos en que no volvería a encontrarlo en sueños. Mi Lobo ya es suficiente presencia feroz en mi consciente así que solía huir de él al dormir. Pero últimamente mi inconsciente ha roto el pacto y me lo trae cada noche. Así es la inconsciencia, cuando más crees que le entiendes te muestra su parte salvaje e indomesticable.

Pero no importa, mi lado oscuro, mi inconsciente salvaje es mi mejor amiga, a veces no la entiendo, a veces me aterra con sus ojos de Medusa, pero soy consciente que sin mi oscuridad yo no sería nada, así que la soporto, la busco, la aprehendo  y me alimento de ella en nuestros encuentros oníricos de cada noche.