Hablar desde el Yo (La validez de la voz personal)

Hablar, escribir, reflexionar desde la posición del yo es bastante conflictivo. En la universidad le dejan bien claro al estudiante que hablar desde el narrador en primera persona le minimiza credibilidad ante el lector, pues éste puede pensar que se trata de ideas propias no sustentadas en sociedad. Por ello enseñan al estudiante a llenar sus escritos de múltiples frases de otros sujetos que las dijeron antes que éste, y la mayoría de los profesores te ponen mejor nota entre más hayas usado la voz de otros en lugar de la tuya propia.

Tuve dificultades académicas por eso en la universidad, una mezcla de egocentrismo y retazos de humildad me avocaban a hablar en mis trabajos desde el yo, y no desde un narrador neutro que es como se pide. Usaba anécdotas propias en lugar de las narraciones de otros. Me gustaba usar las ideas ya conocidas de los teóricos que me precedieron sólo en dosis moderadas y en vez de respaldo que le diera validez a mi experiencia personal como una base con la cual conversar.

Mucho tiempo peleé y no comprendí esa insistencia de la academia en separar al investigador de lo investigado, supuestamente eso lo que facilita poder ver con objetividad y no caer en juicios de valor, dogmas y análisis atravesados por lo personal. En mis análisis pude ver que siempre que miramos algo, por más que pretendamos el método científico de separar al observador de lo observado, siempre el yo está presente, siempre está manipulando la forma de mirar, siempre estamos en aquello que hacemos de verdad. La separación me parece que es una utopía científica, que busca en su intento de convertirse en la única verdad, dado que la verdad tiene muchas implicaciones políticas y económicas.

Soy antropóloga y una noche en que hacía trabajo de campo (observación en un espacio para hacer análisis del actuar cultural que se daba) pude comprender a cabalidad el porqué de ese anhelo de separación entre lo que es personal y lo que es objetivo.

La observación la llevaba a cabo en una discoteca, para analizar los intercambios económicos que se daban, me era necesario para ello conversar con gente del lugar. Yo conversaba con un hombre sentado en la barra a mi lado, durante la breve conversación me invitó a una cerveza. Un rato después mi compañero de universidad me dijo que nos teníamos que ir del lugar, pues una mujer que estaba al fondo de la barra quería golpearme porque según ella yo me estaba metiendo con su marido.

¿Cuál fue el error? Mi compañero y yo no dejamos claro que se trataba de una investigación, no nos identificamos como estudiantes, no hicimos claridad que aquello que hacíamos era algo “científico”, no mencionamos el nombre de nuestra universidad como una especie de manta que nos protegiera de una interpretación de nuestros actos como “personales”. Pusimos al “yo” en escena, en lugar del “nosotros investigadores”

Este es el momento en el que seguramente ya te habrás cansado de preguntarte ¿Y esta por qué sale con esto, si siempre escribe acerca de su sexualidad? ¿Desde cuándo se le ocurrió meterle intentos de pendejadas académicas? Esto lo hago para intentar explicar por qué suelo escribir desde el yo y usar mis propias experiencias. Suelo hacerlo no porque no haya leído a teóricos, no porque el mundo termine donde termina mi existencia, no porque no pueda hacerlo desde otros ángulos.

Hablo desde mis experiencias y de las de las personas que conozco, porque considero que es la forma más respetuosa de analizar al otro. Lo hago porque al ponerme a mí misma en escena le estoy diciendo al otro que su propia experiencia, sin ser un “Doctor”, sin ser el más estudiado, es una experiencia válida. Lo hago porque así me pongo al nivel del que me lee/escucha y no me elevo por encima, por fuera del error. Porque al ponerme en escena me estoy otorgando la misma vulneración en la que pongo al sujeto que es observado/analizado/estudiado.

Hablo desde mí misma, porque he aprendido que la mejor manera de conocer al otro, es conociéndose a sí mismo. Te hablo desparpajada y sinceramente, porque es mi manera de decirte que tu voz también merece y necesita ser escuchada.