Tetística

Aquí les quedo en los ojos en mi Tetística, por mucho tiempo me gocen. 


Una tarde tranquila, con el sol entrando por la ventana, sobre mi cuerpo plácido en la cama, tomé un par de revistas que un amigo recién me había regalado. Una hermosa antología de tetas perfectas, ensueños de hombres.

Dos horas de aquel deleite visual fue suficiente para que me invadiera una envidia tetística. Inicié entonces a maquinar cómo iba a conseguir ese par de tetas que pudiera exhibir en la calle bajo blusas de telas delgadas que me dejaran traslucir unos pezones turgentes y excitados. Pensando en el cómo conseguir las tetas anti-gravedad resulté pensando cómo había logrado tener las que ahora me habitaban el pecho.

El cuento de mis tetas comienza antes que las tuviera. Cuando comenzaron a salirme un par de corozos en el pecho y que de un momento a otro se hincharon haciendo imposible correr sin ese adefesio llamado brasier. Desde entonces mi madre me decía con un tono amenazante que tenía que cuidarlas, porque de lo contrario Dios me castigaría y la mano pasmosa del hombre haría que se me cayeran como las de una anciana.

Yo en verdad quise hacer caso a mi madre, pero es que mis tetas desde que empezaron a salir, se les dieron por ser unas tetas susurrantes, y no se les ocurría nada más que murmurar una supuesta necesidad natural de ser tocadas.

Un día desesperada de sus constantes acosos les prometí que llegado el momento las dejaría manosear todo lo que quisieran, pero que entonces se caerían como bien lo afirmaba la cantaleta constante de mi madre… Haagg, pero ellas, siempre fueron unas tetas sediciosas, respondieron que no les importaba en lo más mínimo colgar desde mi pecho si a cambio de ello unas manos diestras o siniestras las amasaban como se amasa el pan,  les dieran otras formas al desplegarse en cuencos manuales, las arañaran como quien pellizca un pastel o las mordiera como lobo rabioso. En fin, se caerían con gran gusto si a cambio recibían abundantes tributos de manoseadas acompañadas de un masaje final con semen.

Hasta aquí parecía no haber tantas diferencias con lo que se suponían eran unas tetas normales, aunque susurraran y aludieran una exigencia espontánea por el toque. Pasó el tiempo, y me fui haciendo a la idea que eso era lo más común, incluso esa manía que tenían de electrizarse cuando algo andaba mal, como un par de sensores que se ponían en guardia ante un posible peligro. Lo único que me incomodaba de ellas, o más bien de una de ellas era ese constante querer salirse del brasier, a esa la llamé la teta rebelde, porque no había copa de brasier que la mantuviera adentro.

Hace poco, estábamos mis tetas y yo en una conferencia de esas aburridas, cuando un sujeto sacó un cuaderno de pinturas, me lo pasó y pensé en que ahora tendría que procurar ser cordial y decirle que había admirado mucho sus dibujos, a pesar que esa sensibilidad por la pintura nunca ha sido una de mis cualidades, en los museos los cuadros siempre me han parecido la cosa más aburrida e inentendible del mundo, esencialmente porque me surge un deseo por tocarlos pero me lo impide esa bendita línea imaginaria que los protege de mis perversas intenciones antiartísticas.

Pero sucedió que paseando los ojos por esas pinturas coloridas, mis dedos se dirigieron despacio y ansiosos a tocar las imágenes hechas de azules, amarillos y magentas. Recorriendo los colores percibí que no necesitaba tener los ojos abiertos, porque el deseo del toque no surgía de la mirada, ni de los dedos, emergía desde mis tetas, exasperadas por palpar los colores regados en aquellos papeles, sí, eran mis tetas las que miraban a través de las yemas de los dedos.

Antes de esa tarde lo único que había podido ver con las tetas eran los cuerpos contra los cuales deleitosamente las había restregado, paseado, rozado, acariciado, apretado y demás. El pintor se llevó los dibujos, pero ellas quedaron en un estado de alerta constante, es como si de pronto me hubieran surgido un par de ojos fisgones en el pecho.

Unos días después asistí a un recital de poesía. Los poetas hacían palabras sus almas e incitaban las nuestras a unas danzas de emociones, danza que a mis tímidas y normales tetas encresparon con un ansia inusitada, estremecieron al ritmo de las poesías, de su mística música y me exigieron sacarlas del brasier, arrancarme la blusa para que además de escuchar pudieran ver, se fueron hinchando, haciendo de hielo, frías y quemantes, por un momento tuve el ridículo temor que estuviesen quemando mi blusa. Fue entonces que me descubrieron su conmoción ante la poesía. No bastándoles con esas incomodidades, me tomaron, se presionaron de adentro hacia afuera y abrieron su boca-pezón, iniciaron un ritmo de exhalaciones en las que prometieron saborear, tomar y aprehender el mundo.

Mis tetas, mis tetas, se piden tomar mis dedos para escribir este cuento, para que las tenga en cuenta, se confabulan con mi Vulva (antes llamada vagina pero ese nombre no les gustaba, esa palabra les sonaba a algo frígido) y con la nalga para incitarme a escribir estas cavilaciones. Pero no satisfechas con estas líneas vulgares y faltas de decoro, además de eso, mis tiernas tetas se desencadenan por el cuerpo, como en efecto mariposa me recorren toda sin dejarme ninguna zona exenta de esa sensación de erogenidad, hasta creo que me convierto toda yo en una Vulva gigante que se pasea por las calles con sus tetas-clítoris ardorosas.

A estas tetas normales y poco dóciles, les digo que lo más que tendrán de mí serán estás líneas, no me quitaré la blusa, ni siquiera el violento sostén, no les daré manos diestras o ciegas para manosearlas, no hablaré de ellas, no serán más que un par de tetas cautivas condenadas a habitar un cuerpo incapaz de entregarse a otro sin que la entrega esté mediada por algo parecido al amor.

Pero a cambio lo pensaré más de una vez antes de rellenarles de silicona, que las vuelvan objetos pasivos de deseos, unas tetas para ser vistas, y que tal vez les roben esas naturales cualidades para poseer cuerpo, susurrar, ver y escuchar.





























Pd: Este escrito surgió una tarde en que me dediqué a ver revistas de alto contenido erótico, ramilletes y ramilletes de tetas siliconadas me atravesaban los ojos desde las revistas. De eso hace ya varios años, y algunas de las decisiones que en ese entonces tomé, han sido revisadas y modificadas.