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Una mujer libre

Se me ha dicho varias veces que soy una mujer libre, y pareciera que no podré parar nunca de repetir que no lo soy, simplemente estoy en ese camino, porque la libertad no es una cosa que se consigue un día y listo, no es como algo que te compraste y entonces ya le posees para siempre. No, no soy una mujer libre.

Entre las múltiples imágenes sesgadas que las personas elaboran de mí, con las palabras que les dejo aquí y en mi página de facebook, se encuentra como en el nivel más alto, aquella de loba sexual insaciable que está siempre olfateando un macho para devorarle. No importa que cientos de veces les diga: he optado por el celibato, no me vivo comiendo todo lo que se me atraviesa. No importa, hasta estoy por pensar que ni saben lo que significa la palabra celibato.

Es cierto que el 90% de mi tiempo tengo la vulva hambrienta, que casi todo el tiempo estoy deseando “tener sexo” y que me erotizo fácilmente con todo lo que hay en el mundo: una canción, una fotografía, un libro, una comida, el atardecer, un discurso político de resistencia… Son múltiples las cosas que me erotizan, me enamoran y por ende me excitan sexualmente. Más eso no garantiza que vaya cogiéndome cuanto tipo me desea, que vaya seduciendo a diestra y siniestra, eso no implica que tenga siempre las piernas dispuestas para todo aquel que desee donarme una cuota de su semen.

Soy una mujer que está en la búsqueda de su libertad, que es otra forma de decir que se está buscando a sí misma dentro de todas esas imágenes de ella que el resto del mundo ha construido dentro de su cuerpo.  Las personas somos la suma de lo que la familia, la escuela, la calle, la televisión, los libros, los amigos y todo lo que nos rodea ha hecho con nosotros. Somos como unos muñequitos de plastilina donde cada quien ha llegado a moldear su parte.

En mi caso, mi madre es la directa responsable de una parte de mí que se aterraba ante dios y el diablo, mi madre alimentó esa imagen con dosis de culpa y pecado durante toda mi niñez y adolescencia. Esa imagen de mí se ha nombrado María. ¿Por qué menciono a María? Porque ella es esa yo que no me permite ser todo lo que sería si fuese en verdad una mujer “libre”.  Porque ella es la que me impide ser esa mujer que tanto gusto daría a los hombres que me rodean, porque es muy probable que dentro de ti tengas una imagen como ella. Esa imagen que exige la sociedad, la religión, tu familia, tu pareja: esa imagen de ti que te da validez y respeto ante el mundo.

María fue muchos años mi enemiga, años en los que fui solamente ella, yo era la niña buena del colegio, rezaba mis oraciones, era buena hija. Crecí un poco soñándome con formar la familia feliz, sin importar que yo no fuera feliz, pero yo tenía que tener esa familia.  El problema es que también siempre tuve a esa rebelde yo, a la Lilit, que aprovechaba los descuidos de mi María, algún momento vulnerable para desbordarse y embarrarla, haciendo que siempre retornara furiosa María, y me hiciera pagar con culpa, y muchas veces con actos físicos en mi contra, me castigara por haber “pecado”.

Pasé años en ese círculo, haciéndome daño en esa lucha de ser santa cuando deseaba ser puta, siendo puta cuando deseaba castigar a la santa. Peleando conmigo misma, intentando destruir esas otras en mí, quedarme con una sola forma de ser mujer. Con las experiencias fui aprendiendo cómo ambas, la mujer que construyó el mundo de mí, y esa subversiva eran la misma mujer, y comprendí que soy la sumatoria de ambas, (bueno, en realidad, en mi caso no sólo son dos, pero es más común que sean sólo dos, así que sólo mencionaré a estas.)

Entonces el lío es que como no solo los moralistas tienen bien cuadradas sus reglas de lo que es lo que está bien, sino que los libertarios también tienen sus normas de lo que es “libertad”, pues entonces yo me vivo desencuadrando de ambos, porque nunca resulto darle gusto a unos ni otros.
Muchas veces siento, con malestar, como hasta mis amigas, que conocen más de mí, abren los ojos, dicen frases que no me van, me intentan devolver al redil de lo normal, lo correcto, lo que debe hacerse. Jamás las condeno por ello, y generalmente ni les digo nada, sólo leo su lenguaje corporal, ese que surge en el instante en que las toma el asombro, el aturdimiento, hasta que unos segundos después caen en cuenta de con qué clase de persona están hablando y modifican su postura, modifican su palabra.

Aunque no siempre caen en cuenta, muchas otras veces persisten, y yo debo comprender que dentro suyo también existe una especie de “María”, una imagen de lo correcto socialmente que me comparten por mi propio bien.  ¡Y se siente tan bien que te cuiden, que te amen! Que te digan que te aceptan como eres, que les guste lo que eres ¿Así que por qué no hacerles caso? Total que ellas solo quieren lo mejor para mí, para ellas, para los procesos donde estamos juntas.

¿Debo hacer todo aquello que creen es lo mejor para mí, fracturarme y quitarme lo que no vaya con esa imagen? De seguro eso nos haría muy felices, a todos, pues amamos la libertad, siempre y cuando esa libertad del otro no entre en conflicto con lo que queremos, necesitamos o esperamos de ese otro. Debería de ser esa imagen de mujer libre que las personas se imaginan de mí, esa imagen estática que nunca entra en conflicto con preceptos morales, religiosos, sentimentales, libidinales… Pero no lo soy.

Siendo esa la imagen de la mujer libre, considero entonces que no lo soy,  pero sí que estoy en ese camino, porque más que tener una imagen estática y mutilada de mí misma, estoy cada día negociando entre esa mujer que construye la sociedad en mí, la mujer que tal vez sería si no me hubiesen educado como me educaron y los sentimientos que los demás despiertan en mí. Estoy cada día pariéndome como una sola mujer, entre la variedad de mujeres que podría ser. Estoy gestando mi propia concepción de libertad.

Una mujer libre Una mujer libre Reviewed by Lilit Lobos on 19.2.14 Rating: 5

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