'/> Los otros - Gruta de Loba

Los otros

Relato Social





Cuando era niña solía acostarme en el césped a pensar en que no éramos  iguales  a  los  otros,  a los de abajo. Pensaba  en cómo  a  ellos  no  les  había tocado vivir como  a  nosotros. Sus casas  eran grandes de adobe  y cemento,  pintadas  de hermosos colores, de muchas habitaciones  y  lujos desmedidos, mientras yo  vivía  con mis tíos, cinco primos-hermanos  y  mi mamá, que sólo llegaba los fines de semana, en un rancho diminuto, hecho de recortes de madera, tejas rotas de zinc, piso de tierra, de una  tierra a la que todo se le va pegando y  por más que una se cuidara, se le iba tiñendo la piel, dejándola a una amarilla como ella.

Pensaba  si  la  gente  de  abajo  estaría  satisfecha  en sus palacios  de  arena,  si  podría  todo  el dinero que tenían comprarles la felicidad. Los imaginaba sin frío duchándose en sus bonitos baños de cerámica del tamaño de mi casa, mientras nosotros procurábamos desteñirnos la mugre a punta de cocadas de agua sin tratar y jabón de lavar ropa. Pensaba en que tal vez fueran felices cuando sin salir de sus casas se subían  en sus carros último modelo para  ir a donde querían, mientras nosotros teníamos que bajar no menos de un kilómetro por caminos de tierra en medio de aguaceros o bajo soles  ardientes  para coger un carro destartalado  al  que  le traqueaba hasta los rastros de pintura, carro en el que nos metíamos como podíamos, apiñados, compartiendo  olores a pobreza en busca de rebusque.

Nosotros, los desterrados, no sabíamos  lo  que  era ir a ver una película a cine, ni conocíamos las famosas discotecas de la 80. Fielmente creíamos que a la universidad sólo podían ir los riquitos hijos de papi y mami. Yo  que  con  más  tristeza que rabia,  cuando  mi mamá  al  fin  le quedaba  un  poco de tiempo libre  de ser  esclava  doméstica de una  de  esas lujosas  casas aprovechaba  para  contarle estos pensamientos, ella me abrazaba, me decía que dios proveería y que además mirara que no todo era tan malo. Que lejos de allí había  una escuela  a  la  cual  así como yo, asistían  casi  a diario niños de todas las edades, colores y actitudes, de los cuales tal vez algunos lograrían quitarse el pantano que les impedía avanzar, quizás sus inocentes sonrisas y sueños  les daría  la  suficiente fuerza para que el hambre no les impidiera  volar, dándoles la obstinación para demostrar que nuestro mundo no tenía que ser así y por ello transformar ese lugar  tan  alto como  el cielo pero tan parecido al infierno, tal vez… “-Tú seas uno de esos niños-”…

Pasados los años de vez en cuando aún recordaba la voz de mi madre  “tal  vez  tú  seas uno  de esos niños”  Solo que  ya  no tenía  tiempo para pensar  en  eso  recostada en  el  césped así que ahora lo soñaba cuando alcanzaba un puesto en el bus. Para entonces la mayoría ya no soñaba, los golpes les cegaron los ojos de los sueños, llegaron más, desplazados  por las violencias, la pobreza y la falta de oportunidades pero estos también tenían la visión encerrada por el miedo. Arribaron a este morro donde  se convencieron que  el  mundo  no  era para ellos, que ser pobre era el peor pecado original del cual no hay redención posible.

Por ello bajan a la ciudad, se resignan a trabajar en lo que se les aparezca; vendiendo confites en los buses, frutas, legumbres y chatarra en las calles. Rebuscar esperanzas en los bolsos de los transeúntes despistados, alquilar el cuerpo al primer borracho vomitado que acceda a pagar cinco mil pesos por unos minutos de sexo, minutos de asqueroso dolor con los que se gana para un día de comida y se pierde la autoestima por más de un mes.

Algunas de ellas son menos infortunadas, trabajan en casas de familia en donde son encerradas toda la semana, sin seguro social ni pago de horas extras, esclavas en la postmodernidad, acalladas ante estas injusticias por  el miedo a ser echadas por cualquier excusa, inventando cientos de sutiles tácticas para hacer entender al patrón que ellas sólo están  allí  para encargarse de la casa, no para las necesidades sexuales de él, hacérselo entender sin provocar que sean echadas  es una tarea sumamente titánica, habiendo tantas muertas de hambre que trabajarían por menos dinero y opondrían menor resistencia.

Así era entonces allá, así es entonces ahora. En el morro, la pobreza persiste, acá ni el clima es bondadoso. El verano es tan sofocante en nuestros ranchos son como latas de sardinas en el desierto, y  como  el  agua sólo llega unas horas en la noche nos insolamos esperando, deseando agua. Pero cuando llega  el invierno es  peor, el  pantano se nos aferra a los zapatos  y zas! al piso  vamos a dar, la  lluvia nos empapa si intentamos salir, pero  ni  en la casucha estamos a salvo porque el agua se filtra en forma de muchas goteritas, sin la menor consideración mojándolo todo y una tiene que correr con cocas  y  ollas en el intento de atraparlas todas para  evitar que se convierta en lodazal todo el piso de nuestro hogar.

Pero el  frío, las goteras  y  el  lodo  es  la menor de las preocupaciones para quienes fuimos bendecidos con este “paraíso”, esta lluvia también trae un miedo, uno que va creciendo con la intensidad de agua que cae de ese cercano cielo,  convirtiéndose en  pánico a medida que una se hace consciente de la posibilidad que sea tal vez esta noche, durante el sueño, que  sea  esta casa en la que ahora habitan también mis pequeños hijos, la próxima en ser aplastada por un barranco de lodo y piedras, nos atrape llevándose la vida de  los  más pequeños,  la deje a una viva, sin tiempo suficiente para llorar, viviendo o mejor dicho, muriendo en esta pobreza, en este asentamiento olvidado  del gobierno y hasta de dios.



(Artículo publicado originalmente en el periódico Tinta Tres, de la Comuna Tres - Medellín No. 20 Marzo-Abril 2014)























Lilit Lobos - Desterrados

Los otros Los otros Reviewed by Lilit Lobos on 18.5.14 Rating: 5

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