Beso travestido de la Estrella fugaz (Cap. 1)

Desde la acera, asombrados, la pareja de heterosexuales ve pasar la marcha, un mar de seres fantásticos, cuerpos que desfilan ante sus ojos generando confusión, alterando el ojo, perturbando la mente, cuerpos inclasificables en el binomio hombre-mujer. La pareja de heterosexuales abrazados asiste a la marejada de tetas perfectas al aire que parecieran competir con las abultadas entre piernas, altas princesas de cuentos de hadas ofrendando su manzana de Adán, caras peludas de machos cernidos en caderas amplias y redondas…

El desfile termina, todos aquellos personajes que parecieron escapar de la fantasía de algún escritor psicodélico, de un novedoso circo estético, parecen que volvieron al lugar de donde se habían escapado, -¿De dónde salieron tantos anormales en esta ciudad?- Se pregunta la pareja mientras acostumbran sus retinas a la dolorosa ausencia del color, la normalidad gris de la ciudad con su gente que camina, se viste y habla normal.

La pareja heterosexual, esa unidad indisoluble que representa el binomio normal, está conformado por una ella bajita, de blusa pegada, con escote profundo donde se pronuncia su pecho natural de mujer no siliconada. El jean pegado, sin asomo de protuberancias entrepiernales que terminan de asegurar la normalidad de su sexo. Él es alto, la abraza desde atrás, cómo si la protegiera de algo, tiene una camisa un poco amplia, donde se disimulan los bultos de su pecho que por alguna razón mágica, no son vistos como merecedores de escote. El cabello muy corto, obvio que sin maquillaje, y cuando la suelta por un momento, se puede ver que cumple con la más importante de las variables de la normalidad: tiene abultada la entrepierna.

Este binomio normal, como manda la constitución bíblica democrática, se define civilmente como casado, él, y soltera, ella, hasta en eso cumplen con la normalidad. Se toman de la mano, sin la mirada curiosa u ofendida de nadie y caminan rumbo a un sitio cualquiera donde beberán algo mientras esperan que la noche vomite con la otra ciudad de su vientre, esta ciudad del día que no combina con sus planes.

Llega la noche, la hora en que muchos de aquellos seres fantásticos estarán al alcance de la mano, sólo que ya no en marejada en la calle, eso fue una fiesta de una vez al año, ahora para que estén al alcance de las manos la pareja heterosexual debe caminar desde la zona de confort de su género, y adentrarse en la zona oscura, peligrosa, en una de las “ollas” de la ciudad. Llegaron caminando, sucede en las ciudades de este tipo, que las zonas de “tolerancia” están en el corazón de la ciudad, se pasa fácilmente una calle y ya traspasas la frontera invisible entre la normalidad y ese espacio ajeno a las leyes donde entrar es seducir a la muerte de manera irresistible.

La mujer iba hecha un remolino, entre la excitación por traspasar la frontera a lo desconocido corporalmente a penas tocado en libros, y el miedo de saber en la que se metía al pisar suelo de caóticas leyes propias, donde es observada por decenas de ojos, ojos que resienten su presencia, ojos para los cuales ella no es más que un mosco en un vaso de leche, ojos con cuchillos en las manos. Ella tienta su suerte, aunque nunca haya creído en eso y con la única defensa de estar de la mano con el hombre que vivió esos sitios cuando su vida no importaba más que un poco de droga y sexo, él es quien conoce y la inicia en ese mundo.

Entraron a la primera tienda de alquiler abierta que vieron, se sentaron en una mesa y tomaron algo, ella licor, él sólo agua, hace tiempo su camino se había tornado a la castidad, hastiado de tantas drogas y alcohol, hastiado de destruir su vida y de quienes le rodeaban, pero esta noche volvía al lugar de sus desenfrenos, volvía a uno de esos lugares dónde había conocido el mayor placer sexual: el cuerpo de esos seres fantásticos que eran mujeres y hombres a la vez. Regresaba con hambre de pecado, acompañando a la mujer, quien también se había enamorado de los seres fantásticos y se humedecía de imaginar compartir su cuerpo de mujer, con un ser mágico: mitad mujer, mitad hombre, un ser con el cuál es posible confundir el propio género.






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