La cadencia en las palabras de Amalialú son las cadencias en los cuerpos de sus nanas negras


(Imagen de Diego Amaral Ceballos,
 encontrada en el perfil de la autora en facebook)

Ponencia presentada en las jornadas de estudiantes de antropología de la Universidad de Antioquia- 2012

“Agitaba la cabeza y sonreía, y repentinamente el mundo recobraba el orden que  parecía perdido.
Violet aprendió entonces lo que hasta el momento  presente había olvidado: que la risa es seria.
Más compleja, más seria que las lágrimas.”
(Morrison; 1993: 141)


Advertencia: La siguiente intervención se trata solamente de algunas imágenes que  he logrado captar en la obra de AmaliaLú Posso Figueroa, imágenes atravesadas por mi condición de estudiante de antropología, amante de la cultura afrocolombiana y la convicción que la literatura es uno de los más intensos placeres de la vida.

Introducción
El elemento principal de esta ponencia es la de fisgonear en la construcción del cuerpo en la literatura de la mujer afrocolombiana. Antes de eso me es necesario proporcionar un par de pistas acerca de la aparente invisibilidad de la literatura construida por mujeres afrocolombianas. Seguidamente me enfocaré en las imágenes corporales que la escritora Amalia Lú  Posso Figueroa construye de las mujeres del Chocó en su obra Vean vé, mis nanas negras.

La invisible literatura afrocolombiana
Max Weber  dijo  que “política  significa nuestro esfuerzo por compartir el poder o el esfuerzo por influir en la distribución del poder, bien entre los estados o entre los diversos grupos existentes en un estado” (Weber; 1978  citado en White; 1992: 74) y así, como un acto político cargado de goce, inicié mi búsqueda por el cuerpo femenino construido desde la  literatura de la mujer afrocolombiana, considerando la literatura y la oralidad como componentes igual de importantes para la vida. Hallarlas me ha parecido toda una odisea, son pocas las referencias a sus trabajos y considerable  la dificultad para  hallarlos. En esto comparto con Margarita Krakusin cuando afirma que "a pesar del buen reconocimiento a nivel nacional de la mujer como escritora, esa declaración no se extiende a las escritoras afrodescendientes, de hecho hay una negación total de esta clase de escritura y una enorme dificultad para encontrar sus obras‟ (Krakusin. 2007). En ese limbo  literario, encontré dos textos, que como las tetas sextante de la nana Fidelia, me sirvieron de brújula en medio de aquella nada: Chambacú, la historia la escribes tú y la Antología de mujeres poetas afrocolombianas del Ministerio de cultura colombiano. Textos en los que pude dar un vistazo a Mary Grueso Romero, Edelma Zapata, María de los Ángeles Popov, María Teresa Ramírez y Solmery Cáceres Estrada entre otras.

Lo que si encontré fácilmente fueron excusas a esas ausencias. Entre ellas  un determinismo de la cultura afrocolombiana como preponderantemente oral o la posibilidad que en sus obras sólo hubiera una representación de lo doméstico. En mis lecturas encontré muchas veces que lo doméstico no es lo fundamental, pero cuando lo usan es un doméstico que en nada tiene que envidiar a la poesía más política, filosófica o elaborada. Otra de aquellas excusas, señala la dificultad de la lectura dada por la inclusión de espacios y palabras que están fuera del contexto socioespacial del colombiano no afrodescendiente, como lo son los términos manigua, salamanquejido, manglar, carimba, zumbo, zurungo o cununu.

Palabras muy extrañas que no tienen que ver con nuestro contexto, pero me pregunto ¿Cuántos de nosotros han vivenciado el contexto narrado en las obras de Edgar Allan Poe, Anton chejóv, Fernando Pessoa, Homero, o ha visto de frente los monstruosos molinos de viento de don Quijote de la Mancha, por mencionar un par de autores que son reconocidos como parte de la alta literatura? muy pocos, principalmente porque esos contextos hacen parte de un pasado. Pero esa cualidad de ausencia empírica al contexto y conceptos, no han impedido que leamos a estos y otros por el estilo, todo lo contrario, generalmente se habla de su lectura como un acto de sofisticación e intelectualidad.

Me parece que las razones expuestas, son más bien excusas comunes a esa invisibilización, y que más bien uno de los motivos reales puede ser la de un miedo al contagio, un miedo a la contaminación lingüística asentada en una posible pérdida de identidad homogénea que se asienta en el uso de la lengua.

“Y lo segundo, que esos déjes, sus déjes
que han endiablado mi cintura,
no son otra cosa que la cadencia en el canto.”
(Cuesta y Ocampo; tomo XVI)

Amalia Lú Posso Figueroa nació en Quibdó, Chocó. Es psicóloga de la Universidad Nacional de Colombia y hace parte de sus trabajos escritos; Mido mi cuarta y me paro en ella, Adelaide la de Mozart, Con el ritmo en el sembrar y su recopilación de cuentos Vean vé, mis nanas negras. El cuerpo de las nanas Negras son cuerpos sexualmente activos que se pasean por el mundo chocoano, el mundo erótico de lo cotidiano. Son la encarnación literaria del tropos que de manera general hemos construido de la negra; una mujer activa e insaciable sexualmente. Es el mismo estereotipo generalizado que se tiene sobre la mujer del caribe hispánico y angloparlante. Rita Giacalone observa que en las músicas y obras literarias del Caribe, "las expectativas de comportamiento, justificado como comportamiento natural en cuanto a la mujer negra, es la de accesible sexualmente y la más fácil amante, cualidades vistas generalmente como de índole negativo". (Giacalone: 1995)

Es importante observar que la mayoría de esas características negativas con las cuales es investido el tropos de la mujer afrodescendiente, en la obra de Amalialú, se transforman y se le revisten de autodeterminación y valor. De hecho en toda la obra se desarrolla un valor por el deseo erótico-sexual como naturalmente saludable, por un pacto con el disfrute del cuerpo de forma libre, sin repercusiones negativas de pecado y castigo. No son los problemas de orden moral en cuanto a la sexualidad femenina lo que atañe a la autora, más bien incita a la satisfacción del deseo que de forma natural poseen esos cuerpos que además no hacen parte del canon occidental estético. Y ese erotismo surge de una particularidad que la autora le incorpora a sus nanas, es que en todas, esa vitalidad erótica surge de una cadencia asentada en una parte determinada del cuerpo, y desde allí se deriva hacia todos los ámbitos de la vida.

A la nana Fidelia, el ritmo la poseía desde las tetas, unas tetas turgentes, redonditas como dos corozos, con unos pezones retráctiles que además poseían sentido de orientación. Secundina tenía buena mano, pero sobre todo para el sembrar. Wbaldina en sus durísimas y alebrestadoras nalgas, desafiantes de la gravedad, unas nalgas arrechas. Inocencia Palacios lo poseía en el olfato . La Nana Aspacia le brotaba del olor de sus axilas. Para Limbania todo lo que hacía estaba relacionado con su susuné, vivía para hacerle feliz. A Bella Paz le surgía de su boca desdentada.

A  Olegaria le invadía el corazón, sufría de una mezcla dolorosa de arrechera con tontina. La Nana Melití lo tenía en el pan, heredado de su mamá que era más caliente que las noches más calientes de Quibdó. Divina hablaba con los ojos. Islenia lo poseía en la angarilla, lo que le daba esa facilidad para la glosa pasiada. La Nana Mina era la mujer más ardiente de Bebedó y desde niña, los ríos le conocían bien el ritmo de su clítoris. Genarina lo poseía en el ombligo.  Amantina lo tenía en el talón. A la Nana Honor la poseía desde el sentar, más precisamente le emergía desde el condé, semejante al de Acento, o llamada Nana A, por el ¡Ahhh! Que se les evaporaba a los hombres cuando le veían en su cruzar de piernas.

Gunedilda lo gozaba desde las rodillas, Amira desde la entrepierna, Basilisa desde la lengua veloz como culebra cascabel, Estebana desde la espalda  y Juana desde los hombros. Delfa y Jesusita tenían ambas el ritmo en la voz, pero el de la primera era en la voz contada y en la segunda la voz cantada. Valentina lo tenía desde el pensar, lo que la hizo la nana de la sublevación. Y por última, la Nana Dioselina, que tenía  el ritmo en el sentimiento y lo dejaba obrar durante las despedidas de los muertos cantando alabaos.

Son unos cuerpos exultantes de sexualidad los que inundan la obra de Amalialú, y en ellos un reconocimiento por lo considerado abyecto como cualidad erótica, una vivencia de la sexualidad sin fines reproductivos,  el empleo de palabras vulgares, es decir cotidianas, en fin, una sexualidad no predeterminada a la genitalidad.

Especialmente con las nanas Wbaldina y Aspacia es fácil reconocer esa abyección erótica. A la Nana Aspacia el ritmo se lo daba el olor, o más bien el hedor que emergía de su axila, ritmo que perdió cuando se deshizo del hedor, porque con él también se le fue yendo la vida.

"Pasó el tiempo y la nana Aspasia se empezó a apagar. Notó que su cuerpo se ablandaba, que sus nalgas y sus tetas elegían mirar hacia abajo; que su párpado se caía, al igual que su pelo quieto; que había empezado a arrastrar los pies, que ya no le daban ganas de alzar los brazos cuando empezaba el corrinche en los bailes, que ya no quería ni ir a los bailes; y lo más grave de todo, que se había vuelto un polvo perezoso; que lo pensaba muchas veces antes de arrancar a pichar.” (Posso; 2002; 36)  Fue entonces que envejeció. 

La nana Wbaldina arrechaba a los hombres con solo mirarle sus paradísimas nalgas, pero fue su hedor lo que despertó al pene dormido de Cleómenes
 “Cleómenes sudaba desde las seis y treinta de la mañana, hora en que pasaba Wbaldina meneando la nalga, y continuaba sudando todo el día con el recuerdo de su nalga paradita, rellenita, arrechita. Cleómenes sudaba todo el día hasta desvanecerse. No pensaba, no hablaba, no caminaba, no dormía; sólo vivía para visualizar en el centro de su frente lo que llenaba todo su cerebro: el ritmo de las nalgas de Wbaldina. […] Wbaldina trabajaba todo el día descamando pescados a la orilla del río con la única ayuda de sus dedos y se hundía entre los pescados ya arreglados y los que le traían para relajar. […] La mezcla de olor a chere, charre, dentón, bocachico y nicuro juntos hacía regresar a Cleómenes de Jesús Ledezma a su juventud; sentía deseos de cabalgar en las nalgas de Wbaldina para derramar allí todo el semen que había acumulado durante tanto tiempo. (Posso; 2002; 32-33)

Fue  esa mezcla de olor entre nalga y pescado lo que la hizo capaz de despertar al pene dormido de Cleómenes, su hedor lo que la hizo irremediablemente erótica. En mi opinión, Amalialú, está haciendo las veces de una diosa  obscena, opinión que de escucharme, refutaría Arnoldo Palacios, ya que en el prólogo que escribió para la octava edición del libro que nos atañe, opina “De no haber existido Don Quevedo, el lenguaje de Amalialú habría podido ser calificado de obsceno; lo que pasa es que es jocoso y la gente se muere de risa” (archivo personal suministrado por la autora)

Hay teorías que fundamentan el culto a unas diosas de la fertilidad, diosas de la obscenidad sagrada. Ingeniosas, conscientes del poder de las caderas en su baile, del uso de la lucidez sexual para mitigar el dolor y la pena, para desprender una risa desde la entrepierna, soltar lo tenso, borrar la tristeza y con ello producir un efecto de alegría en el cuerpo. De ese panteón harían parte diosas como Baubo, Anaisa, Afrodita, y muchas más. Amalialú conscientemente causa esa risa especial, desde lo bajo, perpetra un uso del erotismo como una celebración de la vida ante la miseria para recobrar energías y poder seguir luchando. Es el erotismo de las palabras de Amalialú, otra forma de llamar la atención y buscar el reconocimiento que merece la población afrodescendiente, uno que no surja desde el señalamiento constante que desde la academia parece que hacemos de la posición de miseria y exclusión. Considero necesarios la búsqueda del reconocimiento del otro por caminos llenos de placer, de reconocimientos del valor de sus creaciones culturales, unos en los que les reconozcamos su capacidad de agencia.

Es para mí la literatura uno de esos apasionantes caminos y comparto con Doricely Rengifo "Lo que converge al momento de entender la figura de la mujer afrocolombiana en la literatura de Amalia, la representación de las nanas negras, lo que es una gama de la expresión del pacífico, y lo que pide a gritos  un pueblo delegado, reconocimiento, que sea pues la literatura, un puente posibilitador de estos cambios, de nuestras acciones de un escudo que reconstruya y recree nuestra memoria colectiva. (Rengifo, 2009)

Hay  en  estos  cuentos  una  construcción  de  cuerpo  hecho a través  de  las palabras, un ritmo que tiene la autora, que va desde sus palabras y se encarna en los cuerpos líricos de  sus nanas. Pero  es importante subrayar  que estas nanas,  no  son una creación enteramente ficticia, las nanas  existieron en realidad, y la  obra  de la autora es una observación a su entorno, es su forma de apropiarse de su cultura, de mirar ¿podría decirse que es la obra de Amalialú  un escrito etnográfico del  Chocó? Creo que habrá muchos quienes no lo aprecien así, pero lo que sí es seguro es que la autora ha logrado tomar esa oralidad con la cual fue bendecida en su niñez, y le dio los matices suficientes para ser inscrita dentro de la literatura.  Logra con ello efectuar un acto de rebeldía al estereotipo de la mujer negra, vaciándolo de aspectos negativos, para controvertirlos en cualidades valiosas sin cambiar la idea exterior.

Conclusiones
En  ese  combate  táctico  por  el  poder  de  la  palabra escrita,  por   el  hacer diferenciaciones convenientes entre lo que se puede escribir  y  ser reconocido como literatura y lo que se considera como propio a la oralidad,  hay un juego de poderes en el cual es la escritura de las mujeres afrocolombianas las que han llevado la peor parte, un combate en el cual todos hacemos nuestro aporte, con cada lectura y citación.


Son los cuentos de las nanas negras, un grito lúbrico de reconocimiento a la identidad cultural, un pedazo de oralidad mostrado a través de la literatura, un cuerpo erótico construido desde  el  discurso, para deconstruirlo y  así  configurar otros significados, un texto que muestra la importancia de la literatura  y la oralidad, como hermanas constitutivas entre sí. Por último me gustaría dejarnos esta consigna  que resume la importancia de los ritmos de la vida “Sólo se conjura la vejez manteniendo vivos todos los ritmos del cuerpo” (Posso; 2002; 39) entendiendo esa  vejez como la muerte.





Imagen tomada durante el evento.



Bibliografía
- Cuesta, Guiomar. Ocampo, Alfredo. (Recopiladores) Antología de mujeres poetas afrocolombianas.  Ministerio  de  cultura,  República  de  Colombia.  Tomo  XVI  de Biblioteca de literatura afrocolombiana.
- Giacalone,  Rita.  Condicionamientos  étnicos  en  la  conformación  de  estereotipos
femeninos en el caribe hispánico y caribe angloparlante.  Actual (Mérida) (30); 147 -166. Septiembre ´94 –Marzo ´95
- Krakusin, Margarita. Cuerpo y texto: el espacio femenino en la cultura afrocolombiana en María Teresa Ramírez, Mary Grueso Romero, Edelma Zapata Pérez, y Amalia Lú Posso Figueroa. En: Chambacú, la historia la escribes tú. Editorial Iberoamericana. 2007.
- Morrison, Tony. Jazz. Editorial Ediciones B Grupo Z. Reimpresión Octubre de 1993. Colección tiempos modernos.
- Rengifo  Ortiz,  Doricely.  El  papel  de  la  mujer  afrocolombiana  en  la  literatura contemporánea  de  Posso,  una  mirada  que  entrelaza  gr osso  modo  la  escritura femenina.  Abril  de  2009.  Centro  virtual  Isaacs.  URL: http://dintev.univalle.edu.co/cvisaacs. Descargado: 27 Diciembre de 2011, 22:12
-Posso Figueroa, Amalia Lú. Vean vé, mis nanas negras. Bogotá : Ediciones Brevedad, 2001
- White,  Hayden.  El  contenido  de  la  forma.  Narrativa,  discurso  y  representación histórica.  Ediciones    PMDOS. Barcelona1.a edición, 1992.