'/> Clara de Luna - Gruta de Loba

Clara de Luna

Relato erótico



Al fin el sol se rendía de cansancio, desde la madrugada se había enseñoreado en el cielo, en el aire, en la misma tierra pisada por pies descalzos. El sol amante de aquel pueblo perdido en el Caribe, se rendía de cansancio, y aceptaba una vez más que había perdido, su naturaleza lo obligaba a alejarse de su amante justo cuando la vida iniciaba su borboritar con mayor intensidad, cuando las mejores historias se parían.

La Chica extranjera sentada en el quiosco de la plaza dio la bienvenida a la Luna, sintiendo que le otorgaba la vitalidad evaporada en el calor diurno. Muchas horas antes había empacado apresuradamente en ropa en un morral, mientras salía a toda prisa de su propia vida. Alguna vez había leído que existía un pueblito perdido en el Caribe, donde la gente se lo había jugado todo por obtener su libertad. ¿Qué se había jugado ella para obtener esa libertad con la cual se llenaban la boca todas las personas que conocía? Ella misma tantas veces había declarado ante sus conocidos que era una mujer feliz, que llevaba la vida había elegido. Sí, para ser justa con ella misma, habría de reconocer que nadie la había obligado a elegir su vida, pero ahora se había vuelto presa de su elección, víctima de su propio invento.

La noche llegaba, trayendo entre su falda aire fresco. Cerró los ojos para que el aire hiciera a su gusto en su piel ardida, cuando los abrió de nuevo, el aire jugaba en el cabello de La Otra chica, la que venía por la calle en dirección a la plaza. Inconstante aire, primero la seducía al refrescarle la piel, y un momento a ojos cerrados después, se iba a acariciarle el cabello a otra.

La Otra se sentó a su lado, y La Chica pudo repararla mejor. Inevitablemente comenzó a compararse con ella, y a su ego maltrecho le dio gusto regodearse en la idea que La Otra le era menos, menos bonita, sobre todo por ese par de tetas grandes encajadas de cualquier manera en un top sincero ¿Acaso La Otra no sabía que existían en el mercado miles de sujetadores especiales para busto grande? ¿No sabía que las cirugías de tetas estaban de moda? ¿No se había mirado en el espejo para ver lo anti-estéticas de esas tetas inmensas y desparramadas en ese cuerpo que a cambio no ofrecía ningún otro atributo?


La Otra al sentirse observada por la extranjera, supo que estaba siendo tasada ¿Acaso se creía mejor que ella? La miró de frente, pero justo cuando iba a lanzar la piedra de su boca afilada, el tambor Llamador* palpó su canto, y el silencio de los labios se hizo, ahora hablarían los tambores, entonarían su propia alocución. A ambas sólo les quedo callarse. Mientras escuchaban la oración de la tambora, se leyeron, más allá del iris nocturno. Llegó el aire coqueto, a ambas les alzó la falda, les acarició el rostro, les atravesó las fisuras y ambas pudieron ver cómo se filtraba por las roturas, ambas rotas, ambas extranjeras en un mágico pueblo perdido del Caribe.

Desde esa mirada habían pasado horas, ahora ambas bailaban al ritmo de los tambores acompañadas por dos pueblerinos de fuego en las caderas, azotadas por la energía de ellos, se habían dejado conducir hasta un estado místico donde el quién y el cómo se diluye, donde el yo se les perdía juguetón entre las manos danzantes sobre el cuero del tambor, y de sus cuerpos corría presuroso un sudor que enjugaba sin ellas saberlo, penas adormiladas. La música las embrujó y ahora eran dos mujeres que se dejaban caer en la magia, y permitían a su cuerpo emerger de su caparazón para liberar el espíritu a través de su propio ritmo.

Los primeros rayos del sol iluminaron a La Chica, mientras salía furtivamente de un callejón cercano a la plaza. Una sonrisa de satisfacción con un deje de incredulidad se le escurría por el cuerpo. Buscó su morral, ya era tiempo de irse, su espíritu había reencontrado la libertad en la música, había entonado el ritmo de su corazón tambor.

Mientras viaja en el bus de regreso a ese que hasta hacía un día era su mundo, se quedó dormida y soñó que aún estaba en el callejón, perdida entre las enormes tetas de La Otra. Aprieta entre sus manos las colgantes mamas ignorantes. Contempla el par de lunas que se pelean su boca, su lengua, su nariz ¡Por las diosas! Enloquecida ordeña, restriega, escurre, se seduce hasta el delirio con la textura de la piel en su lengua. Se hace toda ella deseo de mamar hasta la saciedad, hasta el fin de los tiempos… Y el fin del tiempo emerge desde la clara de luna que se derrama desde el cielo sobre La Otra, se le escurre por dentro hasta inundar de incendiada leche arrullada en gemidos la boca de La Chica, y en caída libre, fluye en un beso a la tierra desde entre las propias piernas.

 

 *El llamador es el tambor Macho de la región caribe que marca la pauta sobre la cual, la hembra diseña texturas sonoras. Es un idiofono, monomembranofono, el mas pequeño de su ensamble, al sonar la melodía el llama a los demás a unirse al rítmico jolgorio. Es legado africano en donde retumba el pacto que revive lo muerto entre el cónico tronco vegetal cubriendo su boca mas grande con la piel del chivo que animó el sancocho de una celebración entre vivos."
Maestro de la Tambora: Gilbert Martinez Sánchez
(Todo mi agradecimiento por esta descripción del Llamador y toda mi admiración a su música)

Clara de Luna Clara de Luna Reviewed by Lilit Lobos on 15.11.14 Rating: 5

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