De pinos, eucaliptos y otros habitantes de las laderas

Relato Social

Que nos íbamos a imaginar nosotras de niñas mientras nos montábamos a jugar en los árboles, los ayudábamos a sembrar, o tomábamos algo de su alimento que se verían usados como excusa para sacarnos de nuestras casas



Recuerdo que cuando era niña vivía con mi mamá en la Comuna Uno de Medellín. La casita la hicimos con pantano y cortezas de árbol por las que íbamos hasta Santa Elena y cargábamos a la espalda desde allí. Esos recortes que la industria maderera dejaba botados por no ser de suficiente calidad para la venta. Los amarrábamos con cabuya, y a caminar durante kilómetros en plano hasta llegar a La Casa de Piedra, por donde bajábamos hasta el lotecito que nos tomamos en La Esperanza #2. Desde inicios del 90 hasta el 92, mi tío que también vivía en el barrio con su familia, trabajó en un plan de reforestación.

Todos los días que no íbamos a estudiar, mi primo menor y yo, debíamos salir temprano a llevar el almuerzo a su papá: Teníamos que coger monte desde la Esperanza hasta donde ellos estuvieran: Carpinelo, La Avanzada, arriba del Chispero, por un filo subiendo a Piedras Blancas, Carambolas ya llegando a Bello Oriente, incluso hasta por la represa El Toldo que es la que va a llevar el agua al Jardín.Caminábamos horas a pleno sol, ni que decir que no era de nuestro agrado esas horas fatigantes, pero era nuestra obligación.






Ya cuando llegábamos nos sentábamos en el suelo con los demás trabajadores, que con afecto nos compartían de su comida, a final quedábamos con la barriga llena y contentos de haber podido probar diferentes tipos de comidas. De vuelta a casa, sin prisas, nos dedicábamos a coger moras y fresas silvestres, pomas, mísperos, una frutitas a las que llamábamos manzanitas, unas pocas yerbamoras,  los infaltables mortiños o arrayanes.

Ya han pasado décadas desde esas caminadas, y me pregunto qué habrá sido de esos árboles, así que voy a averiguar con mi tío y se lo pregunto. A lo que él responde: -Todo eso quedó sembrado, más no lo dejaron nacer porque lo quemaron. Nosotros volvimos y los resembramos, volvieron y los quemaron. Nacieron muy poquitos, nosotros sembramos por ahí de diez mil a cinco mil árboles, de esos levantaría por ahí siete mil, porque los otros los quemaron manos criminales que no les gusta la reforestación.

-¿Y qué clase de árboles sembraban?
-Pino silvestre, pino normal, pino crespo, eucalipto y Espátula y otro que era derechito. Yo cada rato los miraba, los de la Avanzada en el bus uno pasa y los alcanza a ver y unos cuantos en Carambolas que dejaron esos pirómanos, dejaron unos cuantos levantados, muy hermosos, ya sazonados, ya fuertes, que si los queman ellos vuelven y retoñan. Desafortunadamente la gente nos los dejó, si los hubieran dejado, hoy en día eso sería un bosque, tanto en Carambolas como en La Avanzada.

-En esas entra mi primo, el que me acompañaba a llevar el almuerzo y dice: -Yo también sembré árboles pero ya de grande, en el 2009 en San Antonio de Prado con Ecoambiente. Sembré Guayacanes, Guayabo, Cedro y otros que no me acuerdo. El proyecto era para casi toda el área metropolitana, pero a mí me tocó en El Limonar, Barichara, San Francisco Itaguí, fueron en total por ahí más de cien mil.

No recuerdo quiénes eran los señores que sembraban con mi tío, le pregunto, pero ya no lo recuerda bien, así que pregunto a mi tía, que ha estado presente todo el tiempo de la conversación. -Ahí trabajaban: Simón, Hernando, Don julio y su sobrino de la Avanzada, Don José Prisco que vivía en la casa-volqueta, Don Arturo, Bertulfo, Alberto que vivía en la Esperanza uno. A ellos los contrataban por temporadas Corvide.

-¿Tía, y usted qué pensaba de ese trabajo de sembrar árboles?
-Que era algo para apoyar las personas desempleadas, y que servía para reforestar, para más adelante, porque lo que les decían a las personas es que más adelante les iba a tocar algo de eso, ¿Pero en este momento qué nos va a tocar? Nos decían que eso era para sacar madera y hay un pino de esos que de ahí se puede sacar el cartón.

Ahí terminamos el tema y me quedo pensando en la pregunta de mi tía “¿Y de eso qué nos va a tocar?” Se podría decir que yo ya saqué mi parte, aunque sin poder especificar que sean los árboles que sembró mi tío, de aquellos que ayudé a sembrar, he de confesar que los pilares de mi casa, la que me tocó construir en la invasión La Honda de la Comuna Tres, son árboles que un señor fue a cortar de modo furtivo a Santa Helena una madrugada antes que saliera el sol, porque es ilegal tomar esos árboles, ya estos son propiedad del Estado y se conservan celosamente como parte de las políticas del Parque Central de Antioquia y su hijito el Cinturón Verde, ambos programas sustentados en el Plan de Ordenamiento Territorial -POT-.

Que nos íbamos a imaginar nosotras de niñas mientras nos montábamos a jugar en los árboles, los ayudábamos a sembrar, o tomábamos algo de su alimento que se verían usados como excusa para sacarnos de nuestras casas ¿No es acaso posible implementar políticas de coexistencia con ellos donde los mismos habitantes sean sus protectores?¿Tiene que ser una guerra de ellos versus nosotros los humanos arraigados en las laderas? Aún más teniendo en cuenta que por estos lares no hay prácticamente árboles, sólo monte bajo.

Quienes se han visto abocados a vivir en las laderas, no son simples colonos a los que no les importa la naturaleza, la mayoría no encontramos otra opción para vivir, en general sólo somos desplazados por la violencia o por la pobreza, esa pobreza económica que viene a ser otro flagelo de la violencia de las prácticas políticas de mi país con las que se enriquecen algunos y nos excluyen al resto. Nosotros los colonos habitantes de las laderas no queremos acabar con el medio ambiente, sólo necesitamos un lugar para vivir dignamente, y estas laderas, de tanto andarlas, de tanto morar entre ellas, se han vuelto parte de nosotros, y nosotros de ellas.





Agradecimientos:
Agradezco muy especialmente al tío Félix Antonio Manco, el primo Edwin Manco Serna y a la tía Aura Serna, habitantes de la Comuna Tres por prestarme sus voces y sus recuerdos para escribir este artículo.


En memoria de Tinta Tres
Este artículo fue el último que elaboré para el Periódico Tinta Tres, que ni alcanzó a salir,  el último porque gracias a las políticas de conflicto y los manejos de Presupuesto Participativo, nuestro amado Tinta Tres ha muerto, deceso que ha dejado una gran pena en nuestros corazones, y un hondo vacío en las publicaciones comunitarias de gran calidad en la ciudad. Un enorme agradecimiento a quienes lo tuvieron vivo todo ese tiempo: Claudia Rengifo, Alexander Zuleta, Paola Alarcón, Oscar Cárdenas, Andrés Sánchez, Francisco Monsalve, Eulalia Borja y Luis Eduardo Loaiza entre otros muchos, que  nos dieron a conocer la comuna y su gente de una forma bonita. Pero aún más fuerte el agradecimientos a todas aquellas personas quienes prestaron sus historias, sus fotos, alegrías y dolores para alimentar el periódico, ¡Gracias totales!


Lilit Lobos - Desterrados