Última cita

Relato erótico

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Ya ni recordaba cuándo había tenido la última cita, puede que haya sido aquel medio día cuando un hombre en el restaurante se sentó junto a ella porque ya no habían más mesas disponibles. Fue muy amable y para el postre ya habían llegado a las intimidades, confesándole que acababa de salir de una turbulenta historia de amor. Al final  incluso le rozó la mano como despreocupadamente, sí, debería contarla como la última cita.

Esa mañana había decidido que ya era tiempo, y que podría aceptar salir con uno de esos hombres que aún insistían en invitarla, que persistían en esperar, ya sin mucho  ánimo, a que se decidiera. Aún era bonita según los estándares estéticos de la gente del común, sólo que no salía porque no tenía tiempo, no tenía ganas, había vivido demasiado como para conocer bien los juegos de seducción de los hombres, y por ende ya no le resultaban divertidos. Con los años de desengaños, había perdido los ánimos suficientes para sonreír como tonta ante los chistes de sus citas, sonrisas que tanto le funcionaban a sus amigas emparejadas, sonrisas femeninas que tanto enorgullecían a sus amigos, quienes como la gran mayoría de los hombres, no tenían la profundidad para diferenciar entre una sonrisa verdadera y una elaborada para acrecentarles el ego.

Optó por pasar la noche con uno de sus ex amantes, uno al que había amado con locura por un trío de semanas, y por quien ahora sentía algo parecido al afecto, al menos éste la conocía lo suficiente como para no dejar desmayar su testosterona durante las ausencias de sonrisas forzadas.

Una llamada bastó para cambiar sus acostumbradas tardes tranquilas en la seguridad de su hogar, por unas horas caóticas de preparación, había olvidado los rituales previos a las citas por las que suelen pasar las mujeres: El vestido inolvidable, los zapatos, lavarse el cabello, depilarse la entrepierna, pintarse las uñas... Hacía tiempo se había dado cuenta que toda esta parafernalia era innecesaria a la hora de follar, los hombres no solían detenerse ante una falta de armonía cromática entre el panty y el brasier, pero como mujer bien educada que a veces era, sí se supo malgastar toda su tarde en los rituales de belleza acostumbrados, aunque tenía presente que no era la posibilidad de parecer poco apetecible lo que le preocupaba a la hora de las citas, era esa otra cosa.

Llegó la noche, y con ella la hora de tocar a la puerta del apartamento del ex-amante. Él, hermoso como siempre, la recibe con un "Beso de Negro" justo a los labios, siempre había sabido cómo seducirla... Salieron por cervezas, se rieron, comieron, se sedujeron. Regresaron al apartamento, se besaron, él subió su vestido, ella lo montó, él apretó sus nalgas, ella inclinó su cuello hacía atrás y entonces lo vio colgado de la pared.

En menos de cinco minutos se había vestido, despedido y bajado los tres pisos que la separaban de la calle. Otros cinco y ya estaba en el paradero del bus. Ya en el asiento mientras se secaba la humedad de la espalda por la corrida, y disimuladamente de la entrepierna por la pre-corrida, le vio de nuevo, no era el mismo de hacía quince minutos, a diferencia del análogo de la pared, este digital le confirmaba que iba a tiempo para su casa, había alcanzado el último bus, y pronto estaría a salvo de la posibilidad que después del sexo, se quedase dormida y dejara libres los cientos de gases que acumuló durante la cita.


* "Besos de negro" Imagen obtenida de  la página del Astor