Sin rumbo sobre la extensa colcha

Los compadres esperaban al calor de las brasas (...) El fuego esparcía sombras extrañas en los rostros de los compadres, parecían querer lamerlos desde lejos. No demoraron la visita, fueron al grano: -Venda la tierra compadre, o alguien negociará con su triste viuda.-.

Relato Social


En cámara lenta, desde los dedos de la madre, la taza se desliza en caída libre. Al pasar por el vientre inicia un giro sobre sí misma, desparramando el chocolate caliente, termina el giro justo al llegar al piso donde explota y las esquirlas abandonan la cocina en todas las direcciones, una de ellas va a clavarse en el ojo sin párpado de FlorBasilia.

FlorBasilia se sienta sobre su cama con la velocidad de la explosión, se lleva la mano al ojo, no hay sangre, el párpado sigue allí como siempre. Estira la mano en dirección al hombre a su lado. No hay cuerpo, el vacío está allí, como nunca. Anoche su Terco Esposo no llegó. El frío del espacio muerto se le mete por la mano, y la esquirla de la taza que perforó su ojo, prorrumpe en forma de gota, rueda por su rostro, desarraigada del mundo de los sueños, se desploma sin rumbo sobre la extensa colcha de la cama.

Hace unas semanas llegaron unas gentes de fuera, traían una cosa llamada desarrollo, querían construir unos bonitos hoteles en el centro del pueblo, y montar cultivos y más cultivos de una planta que los haría ricos, incluso los campesinos obtendrían de esa riqueza. Pero Terco Esposo como siempre, alegó que le gustaba dejar sus gallinas libres al despoblado, rememoró a su papá que le había enseñado la necesidad de sembrar de todo, renovar la tierra al rotar los cultivos, bajar al pueblo a penas a intercambiar lo necesario. En la finca había suficiente comida, así que les dijo a los forasteros que mejor siguieran su camino, él le dejaría la riqueza a los otros, para él bastaba con que sus hijos crecieran fuertes comiendo de todo lo que daba su finca.

Días después Terco Esposo se encontró un par de compadres a los que no veía hacía años, muy cómodos sentados en los butacos de su cocina, al lado del fogón donde desde antes que Terco Esposo tuviera memoria, las mujeres de su familia cocían la yuca, la papa y el plátano cosechados de sus tierras. Los compadres esperaban al calor de las brasas en las que se asaba el plátano maduro, inhalaban el aroma de las arepas recién hechas, olfateaban la carne salada colgada en un gancho de madera del techo. El fuego esparcía sombras extrañas en los rostros de los compadres, parecían querer lamerlos desde lejos. No demoraron la visita, fueron al grano: -Venda la tierra compadre, o alguien negociará con su triste viuda.-

El Terco Esposo pensó que vender la tierra era vender los recuerdos de su papá enseñándole a sembrar, la imagen de su mamá echándole maíz a las gallinas, la de su abuelo contándole historias al calor del fuego, el de su abuela trayendo agua de la quebrada, a su hermano mayor atarasjando las mulas, a su hermanita pequeña chupando directamente de la teta de la vaca, los vecinos con los que celebraban los cumpleaños en el patio de tierra pisada, su primer hijo jugando con las tuzas desgranadas, la hija mayor trenzando el cabello de la pequeña junto al pilón mientras la madre les cantaba una canción... Vender era abandonar su memoria a las alas del tiempo, ¿Y qué era un hombre de su edad si no la suma de todos sus recuerdos? 

Aún FlorBasilia siente el estruendo de la explosión onírica, los vellos erizados de su cuerpo confirman la premura. Despierta sus pequeños nietos, mientras empaca en un costal aquellos objetos de valor: los álbumes de las fotos familiares, el primer ajuar de sus hijos, su vestido de novia, las notas escolares… Ella ya ha escuchado cómo son estas cosas, la prisa apremia, los niños que no entienden de afanes, la fuerza del cuerpo que se va y no alcanza para cargar los enseres.

Empaca, desempaca, vuelve a empacar…

FlorBasilia va rumbo a la ciudad, una gota que rueda por las carreteras destapadas sin dejar rastro, desarraigada del mundo onírico de su Terco Esposo, se desploma sin rumbo sobre la extensa colcha de miseria que es la ciudad.




Escribir acerca de la violencia que padece mi país, sin morbo, con ética poética, es uno de mis mayores intereses. Con todo respeto, para mis hermanas desplazadas por el conflicto, nuestra voz no será acallada.

Lilit Lobos - Desterrados