El profesor que conservó su escuela Embera Chamí Puro

Reportaje



El profesor Roberto Guasiruma Ochama, integrante de la etnia Embera Chamí Puro, habitaba en la cordillera de Florencia hasta que en el 2005 los jóvenes de su comunidad fueron amenazados por los grupos armados: serían forzados para integrar sus filas y si sus padres se oponían, terminarían asesinados.

Ante la situación, Roberto huyó a trabajar en el Putumayo y como suele suceder con los desplazamientos, la gente, como él, se desperdiga, las costumbres se pierden y los lazos entre la comunidad, así como su mundo, se rompíeron. Pero hace un año, la comunidad Embera Chamí Puro, gracias a la Acción de Tutela que puso ante el Estado y con el apoyo de la Fundación Yapawayra  y ACNUR, logró ser reubicada en la vereda San José del Canelo, a dos horas de Florencia.

Él, sin pensarlo mucho, dejó su empleo y regresó a su comunidad ahora que tendría la oportunidad de formar una escuelita en su propio resguardo y con ello apoyar al restablecimiento de su comunidad, ya que al salir de su territorio para ir a vivir a la ciudad, terminaron en una situación de hacinamiento. Sus hijos tuvieron que ir a escuelas donde no se practicaba su idioma ni se seguían ninguna de sus costumbres y tuvieron que soportar la ignorancia de vecinos que al no comprender sus estilos de vida: se burlaban de sus ropas, comidas, música, creencias  y en general de su manera de habitar el mundo. “Sufrimos mucho en Florencia, porque allá no podíamos manifestar nuestras necesidades, no podíamos vivir con nuestros usos y costumbres.” La imposibilidad de espacios adecuados para expresar su cultura libremente, causó en ellos una herida aún mayor que el hecho de huir de sus hogares.


El profesor Roberto piensa que es través de la educación que puede aportarle a la paz del país. Por eso desde su juventud es un líder en su comunidad Embera Chamí Puro y a través de la docencia le enseña a los niños a resolver sus conflictos con el diálogo, tal como lo hizo la comunidad cuando migró a la ciudad. “Cuando nosotros fuimos desplazados, no le hicimos la guerra al Estado, luchamos con  palabras, por medio de diálogos reclamamos nuestras necesidades al Estado de manera pacífica, dejamos nuestro territorio que era grande y rico en naturaleza. Ahora está allá solo, y a nosotros sólo nos queda en la memoria”.

Son muchos los obstáculos que tiene que afrontar Roberto para reconstruir, a través de sus clases, esas costumbres diarias que los mantenían unidos y fuertes. Tal vez la situación más difícil que tiene la Diócesis de Florencia—administradora de la escuelita— es poder entender que esta es una escuela etnoeducativa, es decir, un espacio educativo donde se enseña según las costumbres de la comunidad, donde se respeten y se promuevan los valores culturales Embera, donde a los niños se les enseñe en su propio idioma temas que tienen que ver con su cotidianidad, temas que les ayuden a comprender y desenvolverse en su contexto.

A este profesor, al igual que a los demás profesores étnicos en las diferentes escuelas y colegios del departamento, se les exige cumplir con el Plan de Educación que fue diseñado para la población mestiza. Incluso se les obliga a dar la materia de inglés, cuando las comunidades indígenas ya de por sí hablan dos idiomas; el propio y el español.

Pero además de eso, al profesor Roberto se le exige dar la materia de religión. Han pasado 500 años desde que la religión católica llegó a este continente cercenando las costumbres indígenas e imponiendo su visión religiosa, y parece que aún hoy no se pierde esa ideología. “Hay cosas que podemos compartir, pero no me parece bien que me digan a mí «Profesor Roberto, usted siendo Emberá, tiene que ir a la misa todos los días.» Mi cultura es ir a una ceremonia indígena, que si un Jaibana me dice «Profe, yo voy a hacer una ceremonia de curación esta noche con los niños, acompáñeme una horita yo quiero compartir lo que sé.» Eso sí hace parte de mi religiosidad, de mi cultura, de mi filosofía indígena.”

A esas dificultades se les suma que los docentes no trabajan por nombramiento, sino en la modalidad de contratación hasta diciembre y de ahí ya no sabe qué pasará con él ni con la escuelita.

Pero la comunidad Embera Chamí Puro no se detiene en lamentaciones, por eso para el próximo año sueña tener una escuela con pedagogía propia, acorde a sus necesidades, usos y costumbres. Para ello ha venido formando profesionalmente a sus jóvenes, para que sean los futuros docentes de su comunidad, “que la educación la manejemos nosotros, que la Diócesis nos contrate a nosotros mismos, pero que no mande a otra cultura que no es la nuestra.”