La vaca desbocada


La mañana del 9 de diciembre, con la esperma de las velitas del fin de semana aún caliente, la selva se desbordó desde sus montes y corrió estruendosa por las calles de Florencia, Caldas.

Este río de ranas rojas, tigrillos, serpientes verdes y monos que recorren las calles, está formado por un grupo de más de 70 líderes provenientes de todas partes del país. Nadan en sus aguas de música niños, jóvenes y arrieros que orgullosos por nuestra biodiversidad colombiana, y preocupados por la destrucción a la que viene siendo sometida, se unieron a la gran Expedición por la Defensa de Nuestras Selvas.


Con la naturaleza convocada, los caballos amarrados en los callejones miran pasar mientras comen su melaza; los perros se unen a la caminata, y de pronto se escucha un griterío de alerta, es la mano poderosa de la naturaleza en la forma de una vaca que corre calle abajo, se ha escapado de su arriero, y ahora va desbocada llevándose por delante lo que se encuentra a su paso.


Dice el señor Gonzaga, proveniente de la Serranía de la Macarena: “la expedición es una estrategia para promover la paz y el entendimiento entre las comunidades, dando a conocer la importancia de cuidar las riquezas naturales con las que nos bendice la Pachamama.” Idea que complementa Leandro Rojas, líder de la Comuna Tres de Medellín: “Es una oportunidad para visibilizar los caminos que la guerra nos hizo olvidar, recobrar la confianza en el tránsito por los territorios y acompañar a los pocos campesinos que aún quedan, y a los que quieren retornar en su lucha contra la destrucción de sus tierras gracias al capitalismo neoliberal que no mide sus nefastas consecuencias”.

Jesús Manuel Delgado Arcila, participante de la actividad, dice: “Esta Expedición es muy importante porque a veces ni nosotros mismos que vivimos aquí en Florencia, alcanzamos a darnos cuenta de la riqueza natural que nos rodea y alimenta”.

Ellos también hacen parte del río de máscaras, duendes, tambores, gaitas, hombres de fuego y risas que recorren las calles del pueblo. Van tocando puerta a puerta, contagiando a los pobladores con su alegría, invitándolos a un acto cultural de malabares, hombres de fuego, música de carranga y bailes típicos colombianos en la plaza principal, en el mismo atrio de la parroquia Nuestra Señora de La Asunción, donde hasta hace apenas unos diez años, los enfrentamientos entre el frente 47 de las FARC, las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio y el Ejército Colombiano, cambiaron la cosecha de alimentos de los campesinos, por racimos de campesinos muertos.

La gente llega al atrio de la iglesia ahora inundado por la alegría de este grupo de expedicionarios, que, además de buscar concientizar a la población para que se  apropien de la selva, invita, a través de un ritual, a que se reconozca el valor y la fortaleza de esos campesinos que resistieron los años de terror, y a los que después de haberse tenido que ir de su tierrita, aprovecharon una mínima oportunidad para volver a sus parcelas y con sus manos recuperar la vida, oculta bajo del manto de sangre que dejaron los cultivos de coca a los que se vieron obligados a sembrar.


La selva de Florencia – creada por la Resolución No. 0329 del 10 de marzo de 2005 — está localizada sobre la vertiente oriental de la Cordillera Central, al oriente del departamento de Caldas y en zona limítrofe de los municipios de Samaná y Pensilvania. “Estamos muy orgullosos que nuestro pequeño pulmón del mundo haya sido declarado Parque Nacional, pero también me preocupa la gente que vive en San Lucas ¿cómo van a hacer los campesinos para vivir ahora que no pueden cultivar sus tierras por la ley de protección del Parque?”, reafirma Jesús Delgado.

Él se refiere a una población de campesinos, colonos antioqueños que en su búsqueda por el sustento familiar, llegaron a estas tierras a mediados del siglo XIX. Las mismas fueron su sustento por generaciones, y después de haber sobrevivido a los embates de la guerrilla, de los paramilitares y del Ejército, los campesinos se ven nuevamente amenazados en su sobrevivencia por las leyes del parque, pues no se les permite el cultivo suficiente para su desarrollo integral, ni siquiera se les permite acceder a las ayudas económicas que otorga el Gobierno para las víctimas de tanta muerte. Sólo están allí, varados en medio de la riqueza de la selva, a la cual no pueden acceder, ni de la que se pueden ir, pues no tienen los medios económicos para ello.


Pero San Lucas no es la única población que se vio afectada por el encerramiento de la ley de parques. Otro joven, Julián Henao, menciona que en su corregimiento de Encimadas existió un caserío llamado Santa Isabel, que quedó deshabitado cuando las confrontaciones entre los grupos armados llegaron a su apogeo. Aunque asegura que ahora hay calma y que los campesinos quieren retornar, esto último no es posible porque durante ese periodo de desolación la entidad del parque aprovechó para cercarlo todo, adhiriéndolo a su territorio y dejando por fuera la posibilidad que los campesinos vuelvan a tomar sus tierras.

“La táctica del parque es que si la gente no tiene documentos de propiedad de las tierras, ellos no les reconocen ningún derecho. Por eso a los de la vereda El Quindío les tocó dejarlos permanecer dentro del parque, porque ellos sí tenían los papeles de propiedad, pero los de San Lucas y algunos del Viboral son colonos que nunca pudieron legalizar sus tierras, y por eso no se les reconoce sus derechos”


Cuando ya va cayendo la tarde, vuelve a pasar por el parque la vaca desbocada de la mañana, y ella misma se convierte en revelación y metáfora: “nuestra Madre Naturaleza por más que llevemos miles de años domesticándola, te recuerda su inmenso poder, si la tratas sin respeto y la desconoces siempre puede ocurrir que en un instante se salga de sus enjalmas y te lleve por delante, recordándote que es ella quien tiene el poder de darte la vida, o la muerte”.




Publicada originalmente en Las 2Orillas La vaca desbocada