Rodrigo Londoño: el sobreviviente de El Congal

“la guerrilla, que dijo: ‘Venimos a trabajar con ustedes y a defenderlos’, y nos dieron la oportunidad de que sembráramos coca. Después dentraron los Paramilitares, dentraban también a defendernos y nos decían: ‘Ustedes tienen que acabar con la Coca y díganos dónde está la guerrilla, que nosotros venimos a defenderlos’. Ya eran dos defensitas. Y dentró el Ejército también a defendernos, ¡Y vea pues! llegaba el uno ‘¿Aquí  llegó fulano?’ ‘¡Ombe, pues que no!’, decíamos. Y dentraba el otro ‘¿Aquí está tal fulano?’ Pues no, tocaba que esconder. Hasta que se fue poniendo el tajo de tal manera que nos agarraban ‘Usted tiene que decir o tiene que desocupar”







Don José Rodrigo Londoño quien ‘ha molestado con la música desde muchacho’, hizo parte de esa última oleada que salió del Congal, Caldas en 2002 horas antes que los paramilitares quemaran el pueblo. Fue de los últimos campesinos aferrados a la fe de que todo mejoraría. No huyó en la primera oleada cuando le quemaron su casa, ni en la segunda, cuando le mataron un macho de dos que tenía, ni cuando una tarde al regresar de cosechar en el monte encontró en la escuela a tres jóvenes asesinados.

Una de las prácticas más utilizadas por los grupos armados del país es la desaparición forzada de sus víctimas. El Centro Nacional de Memoria Histórica afirmó en agosto de 2015 que en la Fiscalía Nacional han sido reportados 45.000 desaparecidos. La desaparición es un método bélico de los sectores armados para aumentar su terror sobre la población al no darles a los familiares de las víctimas el descanso de enterrar a sus muertos. A inicios de la década del 2000 surgían como peces los cadáveres destrozados en los ríos del país, en esa misma época, héroes anónimos se dedicaron a recuperar esos cuerpos de las aguas y darles un entierro digno. Sin saberlo, don Rodrigo hizo parte de ese puñado de héroes que se atrevieron en medio de la guerra a poner en riesgo sus propias vidas dando sepultura a las víctimas.

El terror se paseaba por las calles del pueblo y sus alrededores, en uniformes de guerrilleros, paramilitares y años después del Ejército Colombiano: “Dentró primero más estable la guerrilla, que dijo: ‘Venimos a trabajar con ustedes y a defenderlos’, y nos dieron la oportunidad de que sembráramos coca. Después dentraron los Paramilitares, dentraban también a defendernos y nos decían: ‘Ustedes tienen que acabar con la Coca y díganos dónde está la guerrilla, que nosotros venimos a defenderlos’. Ya eran dos defensitas. Y dentró el Ejército también a defendernos, ¡Y vea pues! llegaba el uno ‘¿Aquí  llegó fulano?’ ‘¡Ombe, pues que no!’, decíamos. Y dentraba el otro ‘¿Aquí está tal fulano?’ Pues no, tocaba que esconder. Hasta que se fue poniendo el tajo de tal manera que nos agarraban ‘Usted tiene que decir o tiene que desocupar”

Pelea por la defensa de los campesinos que vino a parar en 2002, cuando las Autodefensas quemaron las viviendas, la iglesia y el centro de salud de la vereda, sellando con broche de plomo el que fue el último desplazamiento masivo de esa tierra. Lo quemaron todo, hasta las esperanzas de sobrevivir en sus tierras que aún conservaban las ultimas familias, quienes se habían negado a abandonar sus parcelas.

Rodrigo cogió camino junto a una multitud errante de 120 familias que lo acompañaban. Gente que se conocía de toda la vida, que gracias al apoyo mutuo pudieron progresar, edificando un pueblo próspero de lo que ocho décadas atrás había sido sólo monte y culebra. Una vereda donde el que menos tenía, poseía su propio lote, con su casa y una pequeña parcela para cultivar lo mínimo necesario para sobrevivir.