'/> Compartir un plato de comida - Gruta de Loba

Compartir un plato de comida

Mujeres que cuando vivían en el campo tenían poder político o económico, o mínimo tenían todo el alimento que necesitaban. Y que al ser obligadas a venir a la ciudad, perdieron lo que les daba sustento a sus vidas: su habilidad para arar la tierra y sacar de allí los alimentos. Y ahora van por las calles, haciendo el famoso “Recorrido”* donde son humilladas por comida, y se les humedecen los ojos ante el recuerdo del campo con sus frutos regados por el suelo, y aun así, me compartieron de su comida.

Diatriba social


A Cata, 
quién me recordó que nunca estaré lejos de mis orígenes hambrientos, 
y sí de la amistad duradera.


Este mensaje lo publicó mi amiga en Facebook hace muchos meses. Me entristecí al confirmar una vez más que no cuento con las cualidades que demandan una amistad verdadera. Lo que nos conjugó  fue el encontrar que algunas de nuestras dolencias mentales eran semejantes, eso me permitió conocerla a fondo, y darme cuenta que permitirle manipularme como lo solía hacer con todo aquel que se le acercaba, sería sólo una forma de hacerle daño a largo plazo.

 A pesar del enorme malestar que me produjo lo público y ofensivo del mensaje, además del intento de ofender a terceros, pensé, «puedo comprenderla, está sufriendo, hablaremos y será sólo una pelea de amigas.»

Pero, no soy una mujer virtuosa, estoy tan llena de enfermos defectos como ella, o incluso peor, y por tanto, después de superar toda la rabia, me di cuenta que había algo con lo que no podría, su frase “Yo partí los platos de comida con vos”

Esa frase me llevó a recordar esa niña de cinco años que tenía que caminar kilómetros de una ciudad empinada, yendo de casa en casa, para pedir comida. La misma niña que alimentada con esas sobras, le dio diarrea, y no alcanzando a llegar a casa, le tocó caminar hasta ella con las piernas chorreadas.

Y cuando la misma niña alucinaba que los dedos de su Madre eran salchichas Rancheras, le pedía le permitiera chuparlos, y que sólo el miedo a que le diera una paliza la retenía de mordisquearlos para terminar con ello el dolor de barriga.

Misma niña que tenía por parque de diversiones al basurero del barrio, y en una tarde afortunada encontró el tesoro de Barba Roja en la forma de  un enorme bote de mayonesa, devoró gran cantidad de éste y cayó días enferma.

Cuando  al fin conoció el televisor, le atormentaba que  sus poderes mentales no funcionaban para hacer que la comida de los comerciales se hiciera real ante su hambre. Tantas otra escenas de esa niña aparecen ante mí.

La releo, y comprendo que ella no tiene la culpa de haber nacido en una familia con todo el poder económico que ni soñó poder tener la mía. 

Me pregunté si para mi amiga, a quién sus familiares le hacían llegar rigurosamente un enorme mercado mensual, (que solía dejar dañar en su mayoría.) y para quien generalmente el hambre era el resultado de su pereza a cocinar, sabría lo que de verdad era compartir el propio plato de comida con alguien, como lo aprendí en mi casa; cuando las mujeres de mi familia, al servir lo poco que había, eran capaces de reducir aún más la ya famélica porción, si en ese momento llegaba cualquier foráneo de quien se sospechaba hambriento y compartirles un plato de comida.

Pensé, «es tan sólo una princesita enferma y malcriada», puedo perdonarle, y comprender que su intento de ofensa era en el fondo un grito de ayuda, ¿quién más que una enferma como yo para entender la enfermedad de su cabeza?

Pero entonces recordé las señoras  que viviendo en el campo toda su vida, de repente un día se veían sorprendidas por los disparos de los grupos armados que se acercaban, matando a sus hombres, haciendo que ellas cogieran a sus hijos y se metieran al monte sin llevar qué comer, para luego llegar a la hambruna de la ciudad, donde se les extiende desde el estómago hasta el alma.

Mujeres que cuando vivían en el campo tenían poder político o económico, o mínimo tenían todo el alimento que necesitaban. Y que al ser obligadas a venir a la ciudad, perdieron lo que les daba sustento a sus vidas: su habilidad para arar la tierra y sacar de allí los alimentos. Y ahora van por las calles, haciendo el famoso “Recorrido”* donde son humilladas por comida, y se les humedecen los ojos ante el recuerdo del campo con sus frutos regados por el suelo, y aun así, me compartieron de su comida.

La ofensa que mi amiga lanzó en mi contra, se derrapó hacia los rostros de todas esas mujeres, de esas que sí sabían lo que era tener hambre, y aun así tienen el valor para compartir el plato de comida con alguien que como yo, no lo mereciera.

Ella no era la culpable que aún hoy el olor de la mayonesa me cause zozobra, en general tenga tantos problemas alimenticios, y toda una gama de dolores estomacales me acompañen para cada cosa que tengo que afrontar en la vida.

Entonces lo que hasta ese momento era una ofensa personal, se me presentó como una ofensa social, ¿Qué derecho tenía la princesita de humillarme en público por haberme compartido su comida, cuando no lo habían hecho personas que sí sabían lo que es compartirla en momentos de hambruna?

Su reclamo me hizo sentir que de nuevo era la niña agotada de transitar las calles pidiendo comida, el hambre en el alma, la vergüenza en el rostro y las piernas chorreadas de mierda. Y la perdoné. 
Pero no perdono lo que considero una falta para con todas esas mujeres que estando hambrientas, me alimentaron.

Para ellas, todo mi agradecimiento, y deseos que la vida al fin les devuelva algo de todo el bien que la muerte les arrebató: ¡Gracias heroínas, nunca podré agradecerles lo suficiente el plato de comida que compartieron conmigo!



Galería fotográfica: Comida en comunidad


 En el barrio La Honda, un asentamiento de refugiados de guerra, se construyó una escuela, donde los sobrevivientes de las noches de balaceras, se reunían al siguiente día para compartir los alimentos que tenían y así entre todos cocinar una gran olla de comida. La fotografía se toma en el año 2015 durante la conmemoración de ese hecho.
















Compartiendo la misma comida.






Huerta y negocio de economía de subsistencia. 

Niño intentando alcanzar un plátano del racimo que cuelga sobre el camino que va a su casa




Tubérculos cultivados en las huertas de subsistencia en los límites de la ciudad 





 Crianza de animales para consumo del hogar


Fogón de una señora mayor que vivía sola, después de vivir toda la vida en el campo, no pudo acomodarse ya de anciana a cocinar con energía eléctrica.













Compartiendo unas empanaditas decembrinas. cada familia aportó una parte de los ingredientes, pero al no haber para recargar la tarjeta de la energía prepago y cocinar con energía, las preparamos en fogón de leña.









Textos para más información acerca del fenómeno del Recorrido, las mujeres y el desplazamiento forzado

Las heroínas que levantaron La Honda Doña Mónica, una de esa heroínas que he tenido el privilegio de conocer, y aún más: que me compartiera de su comida.
MUJERES DESPLAZADAS LIDERAN PROCESOS SOCIALES las mujeres y el fenómeno del "recorrido"

 ¡Mi barrio!

Compartir un plato de comida Compartir un plato de comida Reviewed by Lilit Lobos on 19.6.16 Rating: 5

No hay comentarios.:

A los escritores nos gusta que nos escriban, gracias por dejar tu comentario.

Con tecnología de Blogger.