Ani

Relato erótico


A Ani.



Si Luna tuviera que describir a Ani, diría que su cabello es un oleaje de mar azabache invadido de sirenas cantarinas entre sus hebras.

Cuando Ani conoció a Luna, tenía alrededor de veinticinco años, vivía con su castrante madre y su hermana depresiva, entre ambas conformaban un cerco que la restringían a las bahías de la buena moral familiar, limitando su búsqueda de mar propio.

En esa misma búsqueda por viento propio, encontró a Luna, en la media luz de un bar cercano a su barrio. Hablaron de todo aquello que hablan un par de desconocidas que se encuentran por primera vez, baste decir que la noche terminó con Ani confesando sus fantasías, entre ellas su frustración por no ser capaz de tener sexo con un hombre sin una larga relación amorosa previa.

Pasadas unas semanas, el conjunto de las gorgonas; madre y hermana de Ani, salieron de viaje, dejándola a ella encargada de la casa. Como la mujer juiciosa que era, aseó la casa con rigurosa minuciosidad. De lo limpio que lo dejó, podría decirse que el piso de la sala quedó como para comer en él.

Tanto esfuerzo cumpliendo las expectativas de ama de casa, merecían un premio; salir en la noche a tomar un par de cervezas con Luna.

Llegaron al parque de Envigado, donde las esperaba Murillo, el amigo que Luna había llamado dos horas antes sin comentarle nada a Ani. Los ojos del amigo florecieron al verlas llegar envueltas en diminutos y ceñidos vestidos de flores.

Caminaron a la discoteca de moda en el momento, una de las cadenas de televisión transmitía en vivo desde allí. El Preso de Fruko les recibió con su estruendo bestial, llevándolas directamente al centro de la pista, de donde ya no salieron hasta varias horas después.

El programa terminó, el estrepitoso silencio nacido de la ausencia de música las echó a la calle, al viento de la media noche. En la entrada de la discoteca, los tres secaban el sudor de tanto baile desenfrenado, reticentes a que la fiesta acabara tan pronto y sin cumplirse las promesas que Dionisos hacía a sus sacerdotisas, y ellas, se negaban a no ser recompensadas con los dones del dios.

La calle sola, todo estaba cerrado, la gente decente y la indecente ya estaría en sus camas, los unos durmiendo, los otros retozando, tal vez. Unos minutos después por la esquina emergió una sombra masculina, unos pasos más y tomó la forma de hombre fornido que aún no llegaba a los treinta años. Iniciado en quién sabe dónde, buscaba continuar el sarao en el lugar dónde justo acababan de expulsar a nuestro trío.


Luna con una gran sonrisa se dirigió al desconocido, saludándolo efusivamente, se acercó para darle un beso en la mejilla, pero en lugar de eso le susurró: “Sígueme la corriente.” Lo presentó como Mateo, un amigo al que no veía hacía tiempo, al cual no esperaba encontrarse por esos lados.
Mientras los demás intercambiaban impresiones de la noche y se quejaban de la poca probabilidad de encontrar una discoteca aún abierta, Luna detuvo un taxi y los hizo subir a todos sin mayores explicaciones, haciéndolo detener unas cuadras después, al lado de una licorera, donde pidió a los chicos se aprovisionaran de suficiente licor para que el sol los encontrara bebiendo.

Ani en la silla de atrás, entre los dos nuevos amigos, estaba demasiado entretenida para ver a dónde iban, la risa se le fue al suelo, los ojos se le espantaron ante la siguiente parada del auto; justo en frente de su propio apartamento.

Mientras los caballeros se encargaban del pago al taxista, Ani aprovechó para increpar en privado a su amiga. “-¡Loca! ¿Cómo los vas a traer a mi casa? Este es un barrio decente, los vecinos se van a dar cuenta y le van a contar a mi mamá. Esto nunca se ha visto en mi casa, van a llamar a la policía…”  Por replica obtuvo una sonrisa de medio lado, y un abrazo.


Subieron al segundo piso, colocaron música suave, sirvieron licor. La pequeña Luna tomó a Ani de la mano, la llevó al centro de la sala para bailar con ella su canción favorita. Ani se dejaba llevar por el ritmo, y lo que comenzó como un tímido baile, lo dejó ir a otra parte de sí misma, y los pasos tímidos se convirtieron en ágiles movimientos de stripticera experimentada.

Las manos de Luna pasaron de estar entrelazados en el cuello de su amiga, a jugar en su espalda, traviesas bajaron un poco más y se metieron entre su vestido, para bajar luego al borde desde donde lo tomaron y quitaron por encima de la cabeza, empujándola a su propio juego de desnudarse. Entonces la giró, de cara a sus nuevos amigos, desabrochó su brasier, y sus pequeñas tetas saltaron del sostén, señalando cada una una boca abierta, lúbrica... Ani protegida a penas por su panty, no sabía si huir a cubrirse a la habitación, enojarse con su amiga o…

Entonces sintió a Luna empinarse y decirle al oído, justo antes de empujarla hacia aquellos dos hombres extasiados: “Querías saber lo que era tener sexo con un desconocido, ahora lo sabrás con dos”