22/10/17

Trocitos en su garganta

se aposenta para quedarse eternamente bebiéndome, haciendo que la materia se haga fluida, en picada me lanza a una catarata que asciende, a la que no quiero irme porque este hombre me arranca pedacitos en su danza, el fluido aumenta la velocidad, se torna luz oscura en colisión con el universo

Relato

Agotada, el sueño se va acomodando entre mis ojos, la palma de una mano hundiéndose en mi nalga me devuelve del letargo. Una suave nalgada experta en mi trasero, no quiero abrir los ojos, mi acompañante hace rato me arrulla en su respiración y su mano libre yace sobre mi cintura. No abro mis ojos, no creo en fantasmas, ni siquiera en el de los amantes pasados; basta cruzar el umbral del cuarto del amante para que desaparezca todo rastro de él con el primer soplo de calle que me da en la cara.

No sé cuántos han pasado por mi cuerpo, ni sé en qué momento puedo hacerlos parte de la lista que no llevo, una vez salen de mi deseo no me es posible invocarles, fundidos ya en la amalgama del olvido ¿Quién lleva una lista cuando lo importante es fundirse en el goce de la escisión del otro? 
Venirme en sus cuerpos es mi victoria, lograr mi objetivo, no alcanzo a almacenar en mi memoria esos cuerpos cuando ya el olvido se ha apropiado de ellos.

Me vengo en ellos porque soy yo quien así lo ha decidido, sus cuerpos no pueden tocarme más allá de mi carne, ni siquiera cuando he yacido debajo y a la fuerza he sido tocada; yo tengo el poder de mi placer que ninguno ha podido arrebatarme. Algunos amantes me han mirado a los ojos y comprendido, no importa cuánto arda en deseo ni las horas pegada a sus pieles; ellos no pueden tocarme.

De algunos elegidos me he enamorado, o algo así, un bache ineludible para quien el sexo por el sexo aunque orgásmico, se le hace irremediablemente tedioso unas cuantas horas después de estrenada la desnudez. Cuando la vida gira en torno a cuerpos que se gozan y olvidan en un par de semanas, de vez en cuando es necesario inventarse un pseudo enamoramiento, asignar a una serie de emociones la categoría de sentimientos o al menos lo que una se imagina que son los sentimientos, como estrategia para extender el placer.

Mi compañero dormido gira sobre sí mismo, ahora abrazo su espalda, pego mi nariz al aroma de su piel... Regresan las suaves presiones, de mi trasero ahora a mis costillas, me recuerdan que estoy sola, pocas escenas pueden producirme tanta soledad como un ataque de insomnio al lado de mi amante de turno en un hotel desconocido.

Sola, me enredo en hipótesis que puedan explicar este toque de dedos imposibles, hace parte de mi imaginación o quizás mi cuerpo de tanto ser restregado y amasado en su deseo, ha perdido forma y ahora las carnes se recomponen en lo que siento como una danza de dedos.
Pero entonces me toma el miedo e imagino un fantasma libidinoso que al igual que lo hacía hace unos minutos mi amante, busca el goce de mi cuerpo. Tal vez estos hoteles de pueblo conserven entre sus cuartos los fantasmas de quienes gozaron en ellos o de quienes por alguna razón pasaron de la petit morte a la Gran Muerte sin insidiosa pausa y confundidos aún esperan que les avisen desde recepción que su tiempo aquí terminó.

¿Será el fantasma de algún libertino que hallado en el acto con la esposa ajena, fue atravesado por el cuchillo del cornudo? Tengo miedo, quiero abrir los ojos y ver, pero ¿Y si al hacerlo otros terroríficos me devuelven la mirada? Quiero hablarle a este hombre y que cuando responda a mi llamado con el sonido de mi nombre destruya este entumecimiento. No me atrevo, pienso en ese maldito libro del exorcista, regresa el pánico que por años me atravesó cuando en la adolescencia di con él; un espíritu que arrancaba la cobija, la ropa y violaba.

Pero me digo -No creo en fantasmas, no creo en fantasmas.- Abro los ojos y sólo la luz de la calle parece moverse en la habitación. Tal vez ya enloquecí, la gente suele decir que estoy loca pero yo sé que estoy más cuerda que ellos. Enloquecí al fin o el fantasma existe y no tendría que tener miedo, siendo mi primer fantasma ¿Por qué tendría que temer algo que aún no se me ha presentado?

Me repito deben ser mis carnes reacomodándose después de agudas horas en labor de los dedos y ojos de este hombre asegurando buscar más allá de mi deseo, el orgasmo no es su límite, él además sueña alcanzarme el corazón. Este hombre, el único que anhela mi alma.
Este hombre me asusta. Me cubro el cuerpo con papelitos de advertencia; consignas sociales que lo hacen no indicado, aunque a la vez admitan que el indicado jamás existió. Cuando me encuentro con él más tardo en arrancarme la ropa, que en ver caer incinerados los papelitos escudo, aún no se han evaporado sus cenizas cuando ya tengo la boca de mi amante entre las piernas devorando mi corazón, ya le he visto morderlo dulcemente a trocitos, que quedan atorados en su garganta. Por eso cuando me muerde siempre susurro un coro de –no, no, no- atragantados con los –agg sííííí- que tan graciosos le parecen y siempre me he negado a explicar.

A veces las advertencias resucitan, forman una coraza que cubre mi orgasmo, pero el hombre une lengua y dientes en su empeño de danza con mi clítoris, una que me confunde y me lleva al inicio del bing bang, donde él se aposenta para quedarse eternamente bebiéndome, haciendo que la materia se haga fluida, en picada me lanza a una catarata que asciende, a la que no quiero irme porque este hombre me arranca pedacitos en su danza, el fluido aumenta la velocidad, se torna luz oscura en colisión con el universo, una explosión me hace agujero de gusano atravesado por el sonido, la existencia es mi garganta aullando colores... Disuelta, al regresar un pedacito de mi corazón cuelga de su labio, estoy exhausta y mis brazos gelatinosos no alcanzan a arrebatárselo antes que lo trague y verle bajar por su garganta.



El hombre dormido gira de nuevo, su rostro es una ofrenda para  ser tatuada donde el olvido no abrase, su respiración tranquila acompasa el ritmo de los dedos del fantasma en mis costillas. Un espasmo de calor me retuerce las tripas, hiperventilo, el miedo se ha aposentado sobre mi cuerpo, he abierto los ojos, tengo que pensar en otra cosa, como en ¿cuántas películas de fantasmas terroríficos he visto? Busco imaginar al fantasma como amante, quizás me deje usarle y desecharle, no sea terco como este hombre que cuando sonríe pareciera que pudiera ver más allá de mis huesos y confiara en hacerse un trono allí con la fuerza de su terquedad infantil.

Me recubre la certeza de reconocer que este miedo es por él, no hay fantasmas, el espasmo de pánico surge de mirar este rostro dormido… Mi amante abre los ojos, y me sonríe; me congelo, ahora lo sé: correría menor peligro con el fantasma de cualquier hotel.


Lilit Lobos

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Imágenes
1: Pablo Picasso; Hombre dormido y mujer sentada
2: Rossana Stagnaro Frías; recuperado de artelista