29/4/18

La tacita de peltre

 

 ¡Bala, bala, es bala!... ¿Es en el pueblo? ¿En la plaza? ¡Por dios, ya se metieron al pueblo! Es eso, ojalá la gente ya esté cogiendo monte… Pero yo no puedo irme sin la taza de la abuela. La taza de la abuela,  ¡dónde por la virgencita está la taza de la abuela! Arriba de la repisa de la  cocina no está. Apenas hace un año que el Antonio reunió suficiente dinero para hacer poner una repisa de esas bonitas, se parece a la de las revistas en el consultorio del Doctor Benítez.

     Hablando de él, pobre doctor Benitez, hace dos semanas se lo llevaron y no volvimos a saber nada, tan buena gente que era; una vez que a mi niño Martín le dio una calentura que no se le bajaba ni con las ramas de la abuela, vez en que la tacita milagrosa de peltre no funcionó y que en el centro de salud no me lo quisieron atender, se lo llevé al doctor Benítez, él tuvo la caridad de atendérmelo, pero ya era tarde, ahí fue que quedó como atontado mi muchacho… ¿Dónde está esa bendita taza?


     ¿Dónde la vi la última vez? ¡Ya! Eso fue cuando doña Rubiela vino a que se la prestara para darle bebida a su niña menor que le dio sarampión, eso fue el mes pasado, el mismo día que don Camilo Jiménez llegó de la finca sin sus mulas, se las quitaron llegando ya al pueblo, lo peor es que se le llevaron al hijo mayor, al León, con lo juicioso que era ese muchacho, recién casado con la Carmen Rúa. Ahí sigue esa muchacha esperándolo, esperando a ver su cara de felicidad cuando le diga que ya va a ser papá... ¿Más bala?

     Sí, por Dios, son más disparos, ¿sonaron en la curva de abajo? ¿en la tienda de doña Luz Jaramillo? Diez muchachitos le metió su marido el ingeniero, hasta que al fin le sacó la niña, y ahí así pararon la producción, montaron la tienda y le pusieron “La Niña de Diez.”  Ay Doña Luz, ella que nunca me negó el fia´o en esas semanas que mi Antonio se demoraba en volver de miniar.

     Justo por allá, miniando, anda ahora mi Antonio ¿cómo le aviso que no venga pal pueblo? Esa mina se lo traga y no hay cómo avisarle que se tomaron esto, que huele a quemado y los gritos se escuchan desde lejos, me va a venir a buscar, él sabe que sin la tacita de peltre no me voy...

     Menos mal que mis muchachos crecieron y se jueron pá la ciudad, por allá eso es muy bueno, yo no he sabido de nada, claro que mis muchachos casi nunca llaman, tienen que trabajar mucho. Pa´lla me voy ir, pero primero tengo que encontrar la tacita de mi abuela, me la dio en su lecho de muerte, dentre todos sus veintisiete nietos me la dio a mí, la menor, la que le aprendió sus secretos con las ramas. Ella misma una tarde de luna menguante vino con doña Rafaela Restrepo, y sembró las primeras paticas en la azotea de atrás, era apenas un jardín y ahora que me paro en esta ventana a ver mi parcela toda grandotota, confirmo que tengo de todo acá... y me voy a donde no voy a tener nada, a la casa de mis hijos, con sus nueras modernas, sin solar, sin tierra…


     Irme, abandonar mi lotecito con todas las matas que me heredó mi abuela y muchas otras que he traído y me han traído de otros pueblos a lo largo de los años… Pero voy a estar viva, como mi siempreviva que desde esta ventana veo regada por toda la esquina de arriba del lote, esa me la regaló la finada Mónica Sánchez, venida desde chiquita del pueblo más allá de las montañas.

     Desde joven la admiré mucho y ya de grande sí que me gustaba escucharla hablar en los convites; era calladita y siempre andando en una romería de hombres, ella la única mujer que salía a miniar con ellos. Calladita sí, pero cuando alzaba la voz todos se quedaban en silencio, la Mónica sabía cómo hablarles, ninguno se atrevía a faltarle el respeto, tal vez porque la conocieron desde niña, cuando una madrugada don Vicente Sánchez se les apareció en la caseta con ella de la mano, pidiendo trabajo.

     Los dos acababan de llegar, Mónica era la única hija que le quedaba viva a don Vicente, la única que sobrevivió a las enfermedades que se llevaron a sus demás hijos; como el mal de ojo y las diarreas imparables, hasta que uno de esos hijos se negó a irse solo, se aferró al vientre de la madre hasta que se la llevó con él.

     La Mónica tenía siete añitos cuando el papá la metió a miniar, no tenía con quien dejarla, o no quería; tenía miedo que si la perdía de vista también se le fuera y de nuevo quedara solo, así como cuando llegó al pueblo detrás de las montañas del Sur, huyendo de una de esas guerras que se acostumbran por estas tierras, muy joven llegó después de haber perdido a toda su familia, llegó como los demás colonos; a fundar monte. Cogió un lote y fundó parcela, años después arregló con don Gustavo Rojas le diera en matrimonio la hija que le quedaba, antes que terminara por quedársele solterona, con veinte años ya.

     Mi abuela y Mónica sánchez eran amigas, fue ella la que le trajo la tacita una vez que le tocó bajar a la ciudad, la había hecho bendecir por el máximo sacerdote de la catedral, un ojo de la cara le costó esa bendición, pero la hizo milagrosa, y no sé por qué, pero mi abuela le creyó, con lo poco que creía en los curas. Tal vez no fue en la bendición del sacerdote lo que creyó mi abuela, sino en la fe de Mónica, esa que hizo posible que siendo ella una india analfabeta y sin dinero, pudiera ir hasta la ciudad, comprara la taza, la hiciera bendecir del cura de la catedral y además haber cometido la hazaña de convencer a los políticos de la ciudad, que nuestro pueblo necesitaba luz eléctrica

     Así pocas semanas después de haber salido del pueblo en una chiva, regresaba Mónica con la tacita bendecida en una mano y un ingeniero en la otra,  el ingeniero que se encargaría de planear la puesta de la electricidad en el pueblo y de poner a la menor de los Jaramillo, a la niña Luz, a alumbrar muchachitos, el primero… ¿Eso fue un grito de mujer?

     Sí, son gritos ¿en la esquina de abajo? Donde la nieta de doña Rafaela? ¿Ya llegaron? Y yo aquí, buscando esa bendita taza probada por todos los labios que he mencionado, y muchos otros. Esa taza que son las manos de mi abuela, las ramas que le heredé ¿A dónde voy a ir yo sin ella, sin mi taza, sin mis ramas, ¿cómo voy a seguir ayudando a la gente?

     Alguien se la tuvo que haber llevado y yo con esta explotadera que escucho no me logro arrecordar. A veces llegan heridos del monte, pero no pueden ir al hospital porque la gente desconfía del que baja herido ¿Qué dijo para que lo dejaran ir? Alguien se la tuvo que haber llevado a uno de esos que al hospital no podían llegar, mientras yo estaba en el convite, planeando cómo íbamos a enfrentar esta muerte que se nos venía encima, ya no la podré recuperar en este pueblo que retruena de explosiones, huele a carne quemada ¿A dónde voy a ir yo sin mi taza para curar la gente?

Hay movimiento en el patio de atrás, mis plantas se mueven… No son ellas, son botas y camuflados emergiendo entre ellas… Un estruendo de hombres tira mi puerta.


Lilit Lobos
Los Desterrados


Imagen de @jonattanduarte